
En cada época impera un modo de paliar el malestar estructural producido por la renuncia pulsional exigida para ingresar en la cultura. En la civilización actual el imperativo es de una satisfacción autoerótica siendo central el empuje al consumo, propiciado por la alianza del Discurso Capitalista con las tecnociencias. Esta modalidad delinea las subjetividades y las presentaciones sintomáticas contemporáneas*.
Consumo es un significante central en la multiplicidad de significantes Amos que imperan en nuestra sociedad.
Si bien no es algo nuevo, sí ha ido variando a lo largo de las épocas hasta tomar nuestras vidas y subjetividades, delineando las modalidades sintomáticas contemporáneas que se nos presentan en la clínica.
Jean Baudrillard, en su libro El sistema de los objetos, al interrogarse por el inicio del consumo tal como lo conocemos hoy en día, refiere que, si bien siempre se ha comprado, poseído, gastado y disfrutado a lo largo de la historia, eso no era consumo. Lo cito: “Las fiestas “primitivas, la prodigalidad del señor feudal, el lujo burgués del Siglo XIX, no son consumo.”[1]
Contextualiza entonces lo que él ubica como el inicio, se trata de un cambio en el sistema cultural en el cual los productos u objetos se articulan con los discursos (se refiere a la publicidad y el marketing), los cuales imponen modelos en torno a los objetos elevándolos como significantes en la cadena de sentido.
La consecuencia es un pasaje de una sociedad de productores (capitalismo industrial) donde el consumo giraba alrededor de la adquisición de elementos durables, de adquirir seguridades a través de los objetos, a la llamada sociedad de consumo cuya característica es la producción en masa de bienes, apelando a su obsolescencia de la mano de las nuevas tecnologías, lo que puso en evidencia que el desafío empresarial debía girar en torno a la venta de los productos, por lo que el empeño se desplaza a su comercialización imponiendo así nuevas leyes de mercado y a la vez una nueva relación con los objetos, por lo que el valor de los mismos ya no pasa por la función ni la permanencia sino que el valor supremo gira en torno a la satisfacción, cuya temporalidad es la instantaneidad.
Zygmunt Bauman, en su libro Vida de Consumo, afirma que en la sociedad de consumidores lo que se persigue es la felicidad como valor supremo siendo esta época “…quizás la única en la historia humana que promete felicidad en la vida terrenal, felicidad aquí́ y ahora y en todos los ahoras siguientes, es decir, felicidad instantánea y perpetua” [2].
Efectivamente, lo que está en el centro del problema del ser hablante es la satisfacción, la falta de gozar que Freud ubica como núcleo del malestar estructural ya que es el precio por ingresar en la cultura.
Como sabemos en cada época, cada cultura impera un modo de paliar la renuncia pulsional aportando quitapenas plus de goce a la medida de su Significante Amo, delineando así la subjetividad.
En la época de Freud lo que domina es el Ideal por lo que la respuesta viene del lado de la creencia en el Padre universal como función que nombra las cosas y orienta el goce, articulado al Ideal de privación, de prohibición, como modo de vivir la pulsión, mostrando la cara del Superyo que exige más renuncia.
En este contexto el uso de narcóticos se ofrece como una solución, pero no es una solución igual a las otras (destaca allí otras soluciones posibles como el amor, la religión, el delirio), este paliativo no pasa por la palabra, se dirige directamente al cuerpo, esto marca ya una diferencia clínica fundamental.
Cabe resaltar que se ofrece como un paliativo más entre otros.
Mientras que en nuestra civilización lo que domina es el a, tal como nos dice Miller, la predominancia del a sobre el Ideal, como efecto de la decadencia de la función del Ideal, del padre edípico.
Es lo que Lacan advierte introduciendo una nueva versión del padre, la falta del padre, la inexistencia del Otro que va de la mano de la pluralización de los Nombres del padre, esta multiplicación implica que, entre otros, el objeto a pueda ocupar el lugar de Significante Amo (S1).
Esta promoción del objeto a Plus-de-gozar es lo que Lacan plantea como ascenso del objeto a al cenit social, referencia del texto Radiofonía donde ubica el “efecto de angustia” producido por el “efecto del lenguaje”, refiriéndose a que el significante no alcanza para dar una respuesta al problema del goce, una fórmula que sea de la relación sexual, ubicando allí una falla donde se aloja el objeto a.
Entonces, ante la caída del padre como Ideal, como garantía de goce, “la angustia empuja a “re-hacer el Todo …”[3] , es aquí donde toma el relevo en su punto más elevado el objeto de la mano del Discurso Amo capitalista que produce objetos listos para el goce por la vía del consumo, forcluyendo la falta e intentando alcanzar el goce por este atajo, imposibilitando que los objetos existan como deseados y relanzando un circuito pulsional con un horizonte mortífero.
Ahora el imperativo que comanda es el de la otra cara del Superyo que empuja a gozar.
Este movimiento discursivo bajo la égida del capitalismo globalizado, que en la actualidad se articula con las tecnociencias, impone el derecho al goce en una modalidad omnipresente y en un para todos igual, rechazando las diferencias que imprime lo singular, arrastrando así a los sujetos a una individualidad consumidora y promoviendo un modo de vivir la pulsión autoeróticamente, en ruptura con el Otro, con el sentido, con las ficciones, hasta el punto de imponer un modo de nombrar cualquier lazo como consumo tóxico o adictivo. Sea la relación al partenaire, a las redes, los lazos laborales, al juego, la lista se amplía cada vez más, generalizando el consumo de modo tal que queda consumido, absorbido por el sentido común del término mismo.
Entiendo que esto encaja bien, por un lado, con los movimientos discursivos actuales que giran en torno a ideologías que rechazan el sujeto que estrictamente hablando es el sujeto dividido, que es el sujeto del inconsciente, sostenido en la ilusión de un yo dueño de sí mismo que rechaza la pérdida, identificándose a un síntoma común y a la vez en ese movimiento se velan las determinaciones inconscientes, modo singular de responder al malestar y lo que está en el centro del problema: que la causa no es el objeto sino el goce como causa real.
Es por lo cual pensamos que el problema no es el objeto consumido, sino el uso y la función que cumple el consumo en la economía libidinal de cada sujeto en singular se trate de una sustancia o cualquier otro objeto, ubicando, por supuesto, las diferencias y sabiendo que no todo consumo es una adicción.
Lacan vislumbró, en su Conferencia en Milán de 1972 la consumición del sujeto, al referirse a la crisis del discurso capitalista en el lugar del Amo, al cual califica de locamente astuto pero destinado a estallar… que se consuma hasta consumirse.
Lo que se consume es el sujeto mismo
¿Cuál es la apuesta del psicoanálisis? ¿Qué puede hacer el psicoanálisis?
Eric Laurent plantea que el síntoma depende, en cierto sentido, de la civilización y que hay nuevos síntomas en la medida que los significantes Amos se desplazan en el Otro, en el Otro de la civilización, el Otro social, y dirá algo que me parece clave en el desarrollo que vengo realizando: “Hizo falta la sociedad de consumo para que (…) se desencadenen de manera global todo tipo de adicciones”.[4]
Ubica aquí la articulación entre la época y las presentaciones sintomáticas.
Ahora bien, el psicoanálisis se orienta por el síntoma, pero no por el síntoma común que brilla en la escena del mundo, sino en la particularidad del síntoma que es el modo singular de la relación con el goce, la operación analítica consiste en reenviar al sujeto allí.
Laurent habla de la aurora del síntoma, la búsqueda de un síntoma en el que valga la pena creer.
La creencia en el síntoma es la creencia en el inconsciente, pero ¿cuál es la chance para que se produzca alguna emergencia ante tal consumición del sujeto?
A mi gusto, Lacan nos brinda una indicación en la misma conferencia que cité hace un momento.
Nos dice: “Ahora ustedes están embarcados. Están embarcados, pero hay pocas chances de que, aunque sea se pase en serio al filo del discurso analítico, salvo, de esta manera, bueno, al azar.”[5]
Lo entiendo así, cuando alguien llega a consultarnos consumido en ese mar adormecedor, estamos ahí embarcados, como nos dice Lacan, y tenemos, si estamos dispuestos a agarrarla, alguna chance, siempre contingente o azarosa de intervenir allí en los tropiezos que emergen cuando el individuo se pone a hablar, ya que en el despliegue de la palabra algo puede escaparse, y la operación analítica consiste en aislar lo que fracasa en el individuo que llega con la certeza de goce en su hacer consumista que evidencia la cara gozosa del síntoma.
Ese fracaso es la brecha, que el consumo viene a abolir, por la cual puede emerger el sujeto dividido, y es a partir de ahí que puede interrogarse por su relación problemática con el propio goce posibilitando a partir de esa falla la constitución del síntoma como verdad, mensaje dirigido al Otro.
Lacan nos invita a tomar el timón, no dejar la responsabilidad del cierre solo del lado de la época, eso sería dejar del lado de quien nos consulta la responsabilidad del cierre y también la apertura del inconsciente.
El analista está allí para hacerse destinatario del encuentro con el tropiezo elevándolo a una operación significante.
Hacer creer en el síntoma es entonces efecto de esta operación.
Es lo que nos diferencia de otros discursos y otras terapéuticas que responden a la demanda, tanto de familiares como del Estado mismo, demanda de una eficacia en términos de desintoxicación, orientados por la abstinencia como ideal del bien común, es decir, para todos igual, sostenido en el furor curandis que ya Freud nos alertó.
Laurent nos advierte de no convertirnos en censores, guardianes de la moral, tampoco se trata de decir no al uso de los objetos que nos provee la civilización, ya que es algo en cierto modo inevitable y dependemos de los objetos Plus de goce, pero tampoco decir sí al empuje a gozar, a lo listo para gozar generalizado.
Propone la serenidad del sujeto igual en presencia de los objetos del goce para no perder de vista la singularidad del camino que les es propio.
Ese camino es por el síntoma, donde se encuentra el sujeto como respuesta a lo real.
* Este artículo surgió en base a una ponencia que fue presentada en la Mesa redonda: Consumos actuales, problemas clínicos. En el Congreso Internacional de Investigación y práctica profesional en Psicología (UBA). 28 de Noviembre de 2024.
[1] Baudrillard, J. El sistema de los objetos, Siglo XXI, México, 1969, pág. 223
[2] Bauman, Z. Vida de consumo, Fondo de Cultura Económica, México, 2007, pág. 67
[3] Laurent, E. La sociedad del síntoma, https://wapol.org/es/articulos/TemplateImpresion.asp?intPublicacion=3&intEdicion=1&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=29&intIdiomaArticulo=1
[4] Laurent, E. La sociedad del síntoma
[5] Lacan, J. Conferencia en Milán, 1972,pág.10




