
En los últimos años se ha registrado un notable aumento de las consultas en Salud Mental por púberes y adolescentes, las mismas se caracterizan por lo urgente, así como por un incremento de la gravedad y de edades más tempranas. Si bien la pubertad constituye un momento particularmente sensible a la emergencia de padecimientos subjetivos, en tanto se ponen a prueba los recursos psíquicos y simbólicos con los que el púber cuenta para responder a la segunda oleada sexual y el nuevo real ante el que se confronta, es pertinente formular la pregunta respecto de aquello que caracteriza a las presentaciones clínicas actuales.
El recorrido propuesto intenta bordear algunas posibles respuestas desde la perspectiva psicoanalítica, articulando lo propio de la época actual y los sufrimientos contemporáneos de los adolescentes, así como situar algunas coordenadas que delinean la posición y la oferta de los analistas ante la actualidad de la clínica con púberes y adolescentes.
¿De qué sufren los adolescentes hoy? ¿Qué caracteriza a las presentaciones clínicas actuales?
El aumento de consultas por padecimientos subjetivos en la adolescencia se ha caracterizado por un extraordinario incremento en los últimos años. La OMS, en un artículo publicado en octubre del 2024, estima que uno de cada siete adolescentes presenta algún tipo de padecimiento en cuanto a su Salud Mental. Asimismo, en los efectores de Salud es frecuente advertir que las consultas que llegan a las guardias y admisiones de consultorios externos se caracterizan por un incremento de la gravedad, que en muchas ocasiones presenta factores de riesgo para el adolescente, así como por edades de inicio cada vez más temprano.
En primer lugar, para abordar el tema, resulta necesario distinguir los conceptos de adolescencia y pubertad, siendo que el primero corresponde al campo sociológico, circunscribe un grupo etario y su definición es subsidiaria de categorías históricas, culturales y socioeconómicas, por lo cual lo que caracteriza la adolescencia variará de acuerdo a la época y la cultura. En cambio, para el campo del psicoanálisis será el concepto de pubertad el que nos orientará.
Freud centraba su conceptualización del tema en torno a la metamorfosis de la pubertad En su texto de 1905, Metamorfosis de la pubertad, incluido en Tres ensayos de una teoría sexual, dará cuenta de las nociones centrales sobre el tema. Allí, subraya que, “con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevarán a la vida sexual infantil a su conformación normal definitiva” (Freud, p 189). Lo nuevo de la pubertad es la nueva meta sexual, la posibilidad del acto sexual. Señala también que el hallazgo del objeto en la pubertad es, en realidad, un “reencuentro” en tanto estará marcado por las primeras elecciones infantiles. “Pero en virtud del diferimiento de la maduración sexual, se ha ganado tiempo para erigir, junto a otras inhibiciones sexuales, la barrera del incesto” (Freud, p 205). Es decir que, para Freud, la pubertad no se remite a una lógica cronológica ni evolutiva, por lo contrario, la novedad freudiana consiste en conceptualizar la sexualidad humana en dos tiempos, caracterizando a la pubertad como el tiempo de la “segunda oleada” de la sexualidad, situando el periodo de latencia entre la sexualidad infantil y la emergencia sexual de la pubertad. La metamorfosis de la pubertad, entonces, marcará el segundo tiempo de la sexualidad. La organización sexual infantil dará lugar a la sexualidad adulta, caracterizada por el hallazgo del objeto y la nueva meta pulsional, pasaje del autoerotismo infantil a la posibilidad del encuentro sexual con un partenaire. Estas operatorias, así como el surgimiento de los caracteres sexuales secundarios, que exigirá al sujeto púber un rearmado de su imagen corporal, y el desasimiento de la autoridad parental, caracterizan los trabajos psíquicos en la pubertad desde la perspectiva freudiana.
Si para Freud la clave en la pubertad es la metamorfosis que sufre el sujeto, para Lacan se tratará del despertar.
Desde la perspectiva de Lacan, en la pubertad, de lo que se trata es del encuentro fortuito con el Otro sexo. En su texto de 1974, prefacio a El despertar de la primavera, en el que toma la obra de Frank Wedekind, Lacan plantea: “De este modo aborda un dramaturgo, en 1891, el asunto de qué es para los muchachos hacer el amor con las muchachas, marcando que no pensarían en ello sin el despertar de sus sueños” (Lacan, p 587). Puede leerse cómo sitúa, en primer término, el drama del sujeto púber en términos del encuentro con un nuevo goce en el cuerpo, nuevo real, y el encuentro con el Otro sexo, la pregunta por la relación sexual que no hay. Prosigue Lacan, señalando que lo que se pone en escena es que demuestra que eso no es satisfactorio para todos, y que si fracasa es para cada uno. Es decir que, alude al malencuentro en tanto no hay relación sexual posible para el parletre. Y afirma: “Lo que Freud localizó como sexualidad hace agujero en lo real, es lo que se palpa por el hecho de que, ya nadie se las arregla bien con eso” (Lacan,1974, p 588). Y agrega: “No hay lengua que no se fuerce con esto”. Como señala A. Stevens (2002), lo que hace a ese real difícil es que el lenguaje no dice bastante, a diferencia del animal, que al llegar a la madurez sexual sabe lo que tiene que hacer, el púber no lo sabe, sino lo encuentra en el discurso. Y es justamente con relación a esto que en el texto Lacan afirma: “un hombre se hace El hombre por situarse como Uno-entre-otros, por incluirse entre sus semejantes” (Lacan, p 588). Esta referencia es relevante en la adolescencia, momento en el que el grupo de pares cobra para el púber un valor trascendental tras la caída de las figuras parentales del lugar de saber.
Es decir que la pubertad confronta al sujeto a una serie de operatorias psíquicas, confronta con lo irremediable de la no relación sexual; muerte y sexualidad, que se encontraban veladas en la escena de la infancia, irrumpen en la pubertad y cada sujeto, uno por uno, deberá articular su respuesta ante la emergencia de ese real. Las respuestas, semblantes y síntomas construidos durante el tiempo de la infancia, se revelan inadecuados ante el despertar y la metamorfosis que implica la pubertad. Este hecho de estructura sitúa al púber en cierta zona de desamparo, de inquietud ante el nuevo real que emerge. P. Lacadeé (2017) tomará las palabras del poeta Víctor Hugo al denominar como “la más delicada transición” ese “momento de pasaje en el que se reactualiza, para cada sujeto, el malentendido de su nacimiento”.
Ahora bien, si estas operatorias caracterizan un hecho de estructura dado por la entrada del sujeto en la pubertad, qué es entonces lo que podríamos situar como aquello que la época actual imprime en los sufrimientos y presentaciones clínicas de los adolescentes.
Para bordear algunas respuestas al respecto es interesante situar la particular relación entre los adolescentes y la época. Inés Sotelo (2015) señala que la clínica con adolescentes nos confronta con los modos en que cada quién se las arregla con las transformaciones propias y las exigencias de la época. Es decir, que las presentaciones de los púberes y adolescentes son reveladoras de los efectos en la subjetividad de las marcas de la época que habitamos. En esta misma línea J. Lacan, en una Conferencia en Milán (1974), señalaba que la juventud es una “Placa sensible a la contemporaneidad”, sensible al discurso dominante y, por tanto, guía para comprender lo contemporáneo.
Época actual que, entre otras cuestiones, se caracteriza por el avance de la tecnociencia en las vidas cotidianas. Las redes sociales, la virtualidad, la inteligencia artificial, las pantallas en sus diversas versiones, constituyen los ámbitos privilegiados de los jóvenes y adolescentes, es allí por donde transitan, habitan y se relacionan.
J.A. Miller, en su artículo En dirección a la adolescencia (2015), señala que el orden simbólico tal como lo conocíamos ha sufrido mutaciones, y que son los adolescentes entre quienes más se hacen sentir los efectos. Si para las generaciones anteriores el saber se encontraba en el campo del Otro, depositado en los adultos, actualmente se encuentra a un clic de distancia, con la inmediatez que eso supone. “El saber está en el bolsillo, no es ya el objeto del Otro. Antes, el saber era un objeto que había que ir a buscar al campo del Otro, había que extraerlo del Otro por vía de la seducción, de la obediencia o de la exigencia, lo que implicaba pasar por una estrategia con respecto al deseo del Otro” (Miller, 2015).
La virtualidad fue el recurso que permitió seguir “conectados” durante el aislamiento de la pandemia por COVID 19 a la vez que pronunció un modo de lazo, vía la pantalla, en ausencia del cuerpo. Cuerpo que, justamente en la pubertad, es sede de un nuevo goce, que cambia su estatuto imaginario, real, y que requerirá un anudamiento a lo simbólico para sostenerse en el encuentro entre pares y con el partenaire sexual. Retiro de la presencia del cuerpo en la escena del mundo a la vez que se multiplica en las imágenes de las redes sociales, desdibujándose las fronteras entre lo público, lo íntimo y lo privado. Esta actualidad tiene su correlato en las modalidades de las presentaciones clínicas de los púberes y adolescentes: ansiedad, crisis de angustia, impulsiones, consumo de sustancias, trastornos de la alimentación, actuaciones dadas por acting out y pasajes al acto, o su contrapartida. inhibiciones, sentimientos de soledad, hastío y aislamiento.
Podría decirse que “hiperconectados” pero desconectados del Otro, campo en el que podrían encontrarse las coordenadas simbólicas que orientan a los púberes ante el nuevo real que irrumpe. Concomitante a ello se escucha, entre los adolescentes que llegan a las consultas, los efectos de desorientación y de desamparo ante el vaciamiento y caída de las instituciones y de las figuras parentales como portadores de algún saber a ser transmitido. Desorientación de los adolescentes y de los adultos, respecto de lo extranjero que se les presenta el mundo adolescente. Al respecto, la serie “Adolescencia” (Thorne, J. - Grahan, S.; 2025), recientemente estrenada y que causó un alto impacto entre los adultos, padres y educadores, da cuenta de esta ajenidad para orientarse en el mundo y la lalengua de los jóvenes.
Ya en 1910 Freud realizaba una lectura crítica de la escuela secundaria, señalaba que la escuela no debe olvidarse que trabaja con sujetos aún inmaduros, subrayando el derecho a permitirles permanecer en ciertos estadios del desarrollo, es decir, sostener el tiempo de espera que para cada adolescente puede requerir armar sus respuestas ante las transformaciones que el advenimiento de la pubertad supone. También señalaba Freud que la escuela “debe instilarles el goce de vivir y proporcionar apoyo, en una edad en que, por las condiciones de su desarrollo, se ven precisados a aflojar sus lazos con la casa paterna y la familia (...) despertar el interés por la vida de afuera, del mundo” (Freud, 1910; p 232). Las palabras de Freud resuenan en lo que D. Winnicott subrayaba en Realidad y Juego (1968), resaltando que hacen falta adultos si se quiere que los adolescentes tengan vida y vivacidad.
Ante este orden de cosas podemos plantear la pregunta de cómo se posiciona el analista frente a las presentaciones actuales de los púberes y adolescentes en la clínica. En este contexto epocal, donde todo puede ser visto, reproducido viralmente casi al infinito, en el que los influencers toman el relevo de la salida por la vía el Ideal, el encuentro con un psicoanalista puede ser la oportunidad para el armado de un tiempo y un espacio diferentes. Un espacio íntimo en contrapartida a lo público de las redes, otra temporalidad diferente al de la inmediatez en el que el sujeto pueda desplegar un decir singular. Algunos autores subrayan la conversación como encuentro con un otro en el que se pueda armar un relato posible sobre sí mismo, allí dónde caen los semblantes, identificaciones que sostenían en la infancia, donde se reescribe la novela familiar y es imprescindible armar una respuesta sintomática ante el nuevo real con el que el púber se encuentra. Encuentro con un analista que, al decir de I. Sotelo (2015, es sin estándares, pero con todo el rigor ético (Sotelo, p 177).
P. Lacadée señala que el espacio de libertad de la palabra que los analistas ofrecen en el marco de la sesión analítica a los adolescentes ofrece una vía que habilita un nuevo decir. “Un resto inasimilable puede venir a depositarse allí. Ese resto, esa mancha negra, es ese real insoportable (...). Tal es el refugio que puede ofrecer el encuentro con un psicoanalista, al orientar al adolescente en la tarea del bien decir de su ser” (Lacadée, P; 2017, p 24).
Será entonces función del psicoanalista en el encuentro con púberes y adolescentes situar lo más singular del goce de cada quien, enlazándolo a la vida, a la escena del mundo, en el encuentro-desencuentro con los otros.
Posición del analista que escucha y acompaña las diversas formas en las que cada púber va tejiendo los nuevos semblantes y modos de acercarse a la escena exogámica. Poder leer cada vez si la virtualidad y la pantalla funcionan como marco fantasmático de la escena que posibilita el encuentro con el partenaire, si son recursos para armar algún lazo posible, o si sólo funcionan en el aislamiento y repliegue libidinal. Situar con qué “hilos” cuenta cada sujeto para tejer nuevos anudamientos y arreglos ante lo inédito del Otro goce que irrumpe y despierta en la pubertad; leer si hubo respuesta posible o si encontró al sujeto perplejo sin respuesta alguna. Sostener, acompañar el armado singular de cada adolescente de nuevas respuestas para ingresar en la escena de intercambios entre los pares, delineando los bordes entre lo íntimo, lo privado y lo público.
Bibliografía
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