Infancias hiperconectadas, vínculos desplazados

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El uso excesivo de tecnologías digitales en la infancia plantea un desafío urgente para la salud mental. Este artículo reflexiona sobre los efectos de la hiperconectividad en el desarrollo emocional, cognitivo y vincular de niños y niñas, con énfasis en contextos de vulnerabilidad. A partir de investigaciones recientes en la Argentina y América Latina, se analizan las consecuencias a corto, mediano y largo plazo, y se propone el rol activo de la psicología y el Estado en la promoción de entornos más saludables.

La hiperconectividad como un fenómeno ecológico y cultural

El concepto de "hiperconectividad" refiere al uso sostenido e intensivo de dispositivos digitales, muchas veces desde edades muy tempranas y sin regulación parental ni institucional. Esta realidad, que se extendió exponencialmente tras la pandemia de COVID-19, ha redefinido rutinas familiares, formas de juego, crianza y vínculo.

Lejos de entenderse como una práctica homogénea, la hiperconectividad infantil debe ser interpretada como una práctica situada: depende del entorno, de las condiciones socioeconómicas, del acompañamiento adulto, del tipo de contenido consumido y del momento del desarrollo en el que se inserta. Además, muchas veces las pantallas operan como respuesta a múltiples carencias: falta de tiempo, ausencia de espacios seguros para el juego, o desconocimiento de estrategias de crianza.

Para entender cómo la hiperconectividad impacta en el desarrollo infantil, es clave tener un marco conceptual claro que nos permita organizar los factores en juego. En este sentido, la perspectiva ecológica de Urie Bronfenbrenner sigue siendo sumamente relevante, incluso en la era digital.

Bronfenbrenner nos enseñó que el desarrollo infantil es el resultado de la interacción entre el niño y sus múltiples entornos: desde el microsistema más cercano -la familia- hasta el macrosistema, que incluye las políticas, la cultura y las tendencias sociales. En el contexto actual, la hiperconectividad se ha convertido en un nuevo escenario ecológico que atraviesa todos esos niveles.

El niño ya no interactúa únicamente con personas y objetos físicos, sino también con dispositivos, plataformas y contenidos digitales, que forman parte de su entorno cotidiano desde muy temprana edad. Y lo más interesante es que estos entornos digitales no son neutros: están diseñados para captar y sostener la atención, muchas veces compitiendo con otras actividades esenciales para el desarrollo, como el juego libre, la lectura compartida o las interacciones cara a cara.

Hay tres factores que van a modular -positiva o negativamente- el impacto de las pantallas en el desarrollo infantil: el contexto socioeconómico y cultural, el contenido específico al que los niños acceden, y la presencia o ausencia de acompañamiento adulto durante el uso de pantallas. Es decir, no es solo qué miran o cuánto tiempo están frente a las pantallas, sino en qué contexto, con quién y para qué.

Uno de los ejes centrales que hemos investigado en los últimos años es la relación entre el uso de pantallas en la primera infancia y el desarrollo del lenguaje. Esta es una preocupación que surge de múltiples estudios internacionales y que, desde nuestra región, pudimos abordar de manera específica en el marco de un estudio multicéntrico realizado en 19 países de América Latina y recientemente publicado (Gago-Galvagno et al., 2025).

Los niños que pasan más tiempo frente a pantallas -particularmente con contenidos de estímulo rápido y escasa interacción- tienden a producir oraciones más cortas, con un vocabulario menos diverso y menor uso de estructuras complejas. Este efecto es especialmente marcado en hogares con menor nivel educativo de los padres, donde la mediación adulta es más baja y el acceso a materiales de lectura es más limitado.

Ahora bien, esta relación negativa no es lineal ni inevitable. Uno de los hallazgos más interesantes es que el impacto de las pantallas sobre el lenguaje depende en gran medida de tres factores clave:

1.      El tipo de contenido consumido. Los programas específicamente diseñados para promover el desarrollo lingüístico -como algunos contenidos educativos de calidad- no solo no tienen un efecto negativo, sino que pueden tener un impacto positivo, especialmente en niños de hogares vulnerables donde la estimulación lingüística espontánea es menor.

2.      La presencia de un adulto mediador. Cuando el uso de pantallas ocurre en un contexto de co-visionado o de interacción conjunta con un adulto que comenta, amplía y vincula el contenido con experiencias previas, el efecto sobre el lenguaje es mucho más positivo. En otras palabras, las pantallas pueden ser un recurso enriquecedor si son un disparador de conversación y no un sustituto de la interacción.

3.      El equilibrio con experiencias fuera de pantalla. En los niños que tienen acceso cotidiano a juegos simbólicos, lectura compartida y actividades que involucran diálogo espontáneo, el impacto de las pantallas sobre el desarrollo del lenguaje tiende a ser mucho más moderado.

Estos hallazgos no implican demonizar el uso de pantallas, sino entender que el problema no es solo cuánto tiempo pasan frente a la pantalla, sino qué hacen, con quién y para qué. En definitiva, el desarrollo del lenguaje en la era digital no depende solo de la tecnología, sino de cómo las familias, las escuelas y los entornos comunitarios promueven experiencias lingüísticas ricas, variadas y significativas.

Efectos sobre el desarrollo motor, las funciones ejecutivas y el desarrollo socioemocional

En el estudio regional que realizamos (Gago-Galvagno et al., 2025), analizamos específicamente esta dimensión y encontramos que la relación entre tiempo de pantalla y desarrollo motor grueso es, en general, débil y mucho menos consistente que en el caso del lenguaje. Es decir, no encontramos una asociación lineal donde más pantalla implique directamente peores habilidades motoras. Sin embargo, cuando desagregamos por tipo de dispositivo y por contexto socioeconómico, surgieron patrones interesantes.

En los hogares de menor nivel socioeconómico, donde las pantallas tienden a reemplazar casi por completo el juego libre al aire libre, hay una correlación algo mayor entre alto uso de pantallas y ciertas dificultades en habilidades motoras gruesas, como el equilibrio, la coordinación general y la agilidad. Esto no necesariamente es un efecto directo de las pantallas, sino que refleja un fenómeno más complejo, donde el entorno físico, la falta de espacios seguros para jugar y la dependencia de las pantallas como entretenimiento se combinan.

En resumen, el impacto de las pantallas sobre el desarrollo motor es un fenómeno indirecto, mediado principalmente por el desplazamiento de actividades físicas y por las condiciones ambientales de cada hogar. En entornos donde hay oportunidades para el juego libre, el uso de pantallas no necesariamente implica un retroceso motor. En cambio, en contextos donde el espacio físico es limitado y las pantallas reemplazan por completo el juego físico, sí observamos una mayor probabilidad de dificultades motoras.

Otra área fundamental del desarrollo infantil que se ve directamente afectada por la hiperconectividad y el uso intensivo de pantallas es el desarrollo de las funciones ejecutivas. Estas son un conjunto de habilidades cognitivas de alto nivel que nos permiten regular la conducta, planificar, controlar impulsos, mantener información activa en la memoria de trabajo y adaptarnos flexiblemente a situaciones nuevas. En pocas palabras, son el “director de orquesta” de la mente.

Las pantallas digitales, especialmente las diseñadas para el consumo pasivo y rápido, fomentan un estilo de atención fragmentada. Los cambios constantes de imagen, el diseño algorítmico para maximizar el engagement y la posibilidad de cambiar de contenido con un simple toque generan un patrón atencional superficial, basado en estímulos inmediatos y poco sostenidos. Esto dificulta el desarrollo de la atención sostenida, una habilidad clave para el control inhibitorio.

En segundo lugar, observamos un fenómeno de desplazamiento: las horas dedicadas a las pantallas tienden a sustituir actividades fuera de pantalla que son especialmente ricas para el desarrollo de las funciones ejecutivas, como el juego simbólico, los juegos de reglas, la resolución de problemas cara a cara y las actividades de planificación en contextos reales. Estas experiencias promueven habilidades de autorregulación, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva, que no se activan del mismo modo en entornos digitales más pasivos.

Otro hallazgo importante es que, en niños con alto consumo de pantallas desde edades tempranas, se observa con mayor frecuencia un patrón de reactividad emocional elevada y menor tolerancia a la frustración. Esto ocurre, en parte, porque las pantallas suelen ser utilizadas como un regulador externo de las emociones, es decir, se convierten en un recurso inmediato para calmar, distraer o silenciar el malestar, en lugar de fomentar el desarrollo de estrategias internas de regulación emocional.

Encontramos que las pantallas digitales se han convertido, en muchos hogares, en una herramienta de regulación externa de las emociones. Cuando un niño está inquieto, frustrado o aburrido, es común que se le ofrezca rápidamente un dispositivo para calmarlo o distraerlo. Este uso instrumental de la tecnología como regulador emocional no es problemático en sí mismo si es ocasional, pero cuando se convierte en el mecanismo predominante para lidiar con el malestar, interfiere directamente en el desarrollo de estrategias internas de autorregulación.

¿Qué implica esto? Que el niño aprende a depender de un estímulo externo inmediato -la pantalla- para calmarse, en lugar de desarrollar estrategias internas más adaptativas, como la búsqueda de apoyo social, el uso de palabras para expresar lo que siente, o la capacidad de tolerar pequeñas dosis de frustración sin necesidad de distracción inmediata.

Esto no significa que las pantallas sean la causa directa de problemas emocionales, pero sí que un uso desregulado, sin mediación y sin equilibrio con experiencias que promuevan la autorregulación interna, puede generar un terreno propicio para el desarrollo de patrones emocionales más frágiles y menos adaptativos.

¿Qué podemos hacer?

Si bien las familias tienen un rol central en la construcción de un entorno digital saludable para la infancia, es fundamental entender que el bienestar digital no puede depender exclusivamente de decisiones individuales. Es necesario un enfoque integral y articulado, donde el Estado, las instituciones educativas, el sector tecnológico y la sociedad civil trabajen de manera conjunta. Por eso, proponemos un conjunto de recomendaciones específicas que pueden guiar el diseño de políticas públicas orientadas a promover el bienestar digital infantil.

1. Incluir el bienestar digital en los planes de primera infancia.
Los programas nacionales y locales de acompañamiento a la primera infancia -como las políticas de crianza y desarrollo infantil temprano- deberían incorporar un eje específico de bienestar digital. Esto implica, no solo alertar sobre riesgos, sino también promover estrategias positivas de uso, reconocer las oportunidades de las tecnologías y brindar herramientas concretas para el acompañamiento parental.

2. Programas de alfabetización digital familiar en contextos vulnerables.
La evidencia es clara: la brecha digital ya no es solo de acceso, sino de usos, contenidos y mediación. Por eso, es clave que los programas de alfabetización digital se focalicen especialmente en las familias de sectores vulnerables, brindando información sencilla y aplicable sobre cómo seleccionar contenido, cómo mediar el uso de pantallas y cómo combinar el tiempo digital con experiencias fuera de pantalla. Estos programas deberían ser diseñados desde un enfoque intercultural y territorial, respetando las realidades y prácticas de cada comunidad.

3. Promover entornos escolares libres de sobreexposición digital.
Si bien las tecnologías pueden ser una herramienta pedagógica valiosa, la escuela también debe ser un espacio que equilibre el tiempo de pantalla con experiencias de aprendizaje activo, juego libre y socialización presencial. Promover prácticas pedagógicas que usen la tecnología de manera intencional, reflexiva y con objetivos claros es clave para evitar la sobreexposición y el uso tecnológico sin sentido pedagógico real.

4. Regular contenidos y publicidad digital dirigida a la infancia.
El ecosistema digital al que acceden los niños pequeños es, en gran medida, un espacio comercial. Plataformas, aplicaciones y contenidos digitales diseñados para la infancia muchas veces priorizan el engagement por sobre el valor educativo. Por eso es fundamental que las políticas públicas incluyan mecanismos de regulación y supervisión de contenidos digitales dirigidos a la infancia, especialmente en lo que respecta a publicidad encubierta, hipervinculación y estímulos que promueven consumos compulsivos.

5. Evaluación continua y basada en evidencia.
Cualquier política pública que se implemente en este campo debe estar acompañada de sistemas de monitoreo y evaluación permanentes, que permitan ajustar estrategias en función de la evidencia emergente. Esto implica articular con universidades, centros de investigación y organismos internacionales para producir datos actualizados y comparables, que sirvan de base para la toma de decisiones informada.

Conclusión

En definitiva, el bienestar digital infantil es un desafío colectivo que requiere una mirada integral, donde las familias no estén solas, y donde el Estado asuma un rol activo en la construcción de un entorno digital que no solo proteja, sino que también promueva el desarrollo saludable y el ejercicio de derechos desde la primera infancia.

Lograr esto no es tarea de una sola persona o institución. Es una responsabilidad compartida. Las familias tienen un rol central, acompañando y mediando el uso de pantallas. Las escuelas, ofreciendo espacios de alfabetización digital crítica y promoviendo el equilibrio entre lo digital y lo analógico. El sector tecnológico, diseñando plataformas y contenidos que respeten las necesidades del desarrollo infantil. Y el Estado, creando políticas públicas que protejan, regulen y promuevan el bienestar digital como parte del bienestar integral.

 

Referencias Bibliográficas

1 - Gago-Galvagno LG, Elgier AM, Tabullo AJ, Huaire-Inacio EJ, Herrera-Alvarez AM, Zambrano-Villalba C, et al. (2025) Use of screens, books and adults’ interactions on toddler’s language and motor skills: A cross-cultural study among 19 Latin American countries from different SES. PLoS ONE 20(2): e0314569. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0314569

2 - Gago-Galvagno LG, Perez ML, Justo MM, Miller SE, Simaes AC, Elgier AM, et al. Contributions Different Socioeconomic Contexts. Trends Psychol. 2023:1-18. https://doi.org/10.1007/s43076-023-00292-w

3 - Galvagno LGG, Azzollini SC, Elgier ÁM. Asociaciones entre la exposición a medios electrónicos y comunicación durante la infancia temprana.: Una revisión integrativa. Pensando Psicol. 2022; 18(1):1-23. https://doi.org/10.16925/2382-3984.2022.01.02

4 - Gago Galvagno LG, Mancini N, Simaes A, Elgier A, Azzollini S. Importance of cultural context in the study of children’s executive functions: Advances in Latin America research. Child Dev Perspect. 2024:1-8. https://doi.org/10.1111/cdep.12505

5 - Medawar J, Tabullo ÁJ, Gago-Galvagno LG. Early language outcomes in Argentinean toddlers: Associations with home literacy, screen exposure and joint media engagement. Br J Dev Psychol. 2023; 41(1):13-30. https://doi.org/10.1111/bjdp.12429

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