
La popularización a nivel mundial de la inteligencia artificial y el uso masivo de gadgets ponen en juego nuevas formas de goce, soledad y responsabilidad subjetiva. No se trata de demonizar la tecnología, sino de interrogar su lugar en la economía libidinal. El psicoanálisis, lejos de brindar respuestas inmediatas, propone alojar el síntoma como vía de tratamiento y abrir espacio a la pregunta singular de cada sujeto.
La presencia de los objetos tecnológicos ocupa un papel preponderante en la vida contemporánea. Sin embargo, intentar echarle la culpa del padecimiento subjetivo a la tecnología no se presenta como una política eficaz. [1] Despotricar contra ella, anhelando un supuesto pasado mejor, prohibir o cercenar sus múltiples usos no hace sino reforzar una actitud defensiva que lleva al rechazo de lo que ellas pueden generar, tanto positivo como negativo. Philippe Lacadée señala que “no se trata de suprimirlos o de sacarlos, sino de localizar cómo el niño puede hacer de su gadget, uso de su síntoma y cómo a veces puede ayudar o sostener a algunos lugares en su existencia” [2]. En todo caso acudiremos, a título de analistas, a esperar al síntoma allí donde se derrumbe la ilusión de “comprender todo el universo” -tal como nos promete la publicidad de Grok, un modelo de inteligencia artificial disponible en el mercado-.
Los gadgets, objetos automáticos e ingeniosos, contribuyen a crear una ilusión de autosuficiencia que amenaza con socavar la potencia creadora del sujeto. Especialmente en el caso del Chat GPT, a menudo es destacado su rasgo “generativo”, es decir, es un chatbot programado a partir de una inteligencia artificial que trabaja a partir de grandes cantidades de datos y organiza sus respuestas a partir de estructuras de patrones y dichos de entrenamiento. Es decir que, sobre estos inputs, se generan nuevos datos que tienen características similares y que recopilan estadísticas de infinitos centros de información. Estos chatbots que funcionan a partir de los llamados prompt (que significa inmediato en inglés) o entradas del usuario, apuntan a producir una respuesta inmediata que produce un saber entendido como acumulación de conocimientos. Es decir que el saber “creado” procede de metadatos y se fundamenta en lo que Eric Laurent llama la ilusión cientificista: “consiste en soñar que un día, pronto, será posible calcular todo de una actividad humana reducida a comportamientos objetivables” [3]. El saber inconsciente, en cambio, es un saber no sabido que se estructura a partir de una hiancia. Es por esto que también se despiertan interrogantes éticos respecto del uso de estos dispositivos, sus alcances y sus competencias. Pero sobre todo me interesa destacar la posición que ocupan en la economía libidinal de cada quién. En este sentido, la hiperconexión se figura como una experiencia de goce que toca el cuerpo y que, paradójicamente, refuerza la soledad, el rechazo al inconsciente y al amor como un modo de hacer frente a la inexistencia de la relación sexual.
En línea con lo anterior, Inés Sotelo plantea que el síntoma podría ser el umbral de un tratamiento posible para hacer la vida más vivible, con ese real que nos habita, ineliminable, incurable pero sí tratable [4]. Esto hace necesario aludir a la noción de responsabilidad subjetiva entendida desde el psicoanálisis. Se trata de ir más allá de la culpa, lo cual permite desplegar la pregunta acerca del modo singular de goce de cada quién. Goce, sujeto y responsabilidad, una tríada que convendría tener en el horizonte de los análisis. Y, si nos detenemos a analizar un uso posible de la inteligencia artificial, en la película Her (2013), dirigida por Spike Jonze, se puede observar de forma evidente cómo ese sistema operativo llamado Samantha, es deseable en tanto y en cuanto mantenga la cualidad de ser un objeto, es decir, se establece un vínculo fundado en la degradación del Otro a la condición de objeto. Es solo en tanto gadget -ese pequeño teléfono o el auricular que soporta el ser de Samantha, la voz femenina artificial- que ella puede ocupar un lugar en la fantasía masculina del protagonista. Si bien se constata que los usos del gadget son múltiples, uno a uno y requieren ser definidos cada vez, en líneas generales pareciera que el uso de dichos objetos se enlaza a un imperativo superyoico feroz que empuja hacia la realización de lo imposible, dejando al sujeto sumido en la impotencia de no alcanzar con los ideales de época y sin posibilidad de actuar. Es decir, que los desarrollos de la ciencia y de la técnica, a través del fomento del uso y consumo de los distintos objetos que proveen, son desde esta perspectiva el modo de apuntalar una satisfacción paradojal que llamamos goce.
Ernesto Sinatra propone el término adixiones como instrumento para pensar el lugar a donde va a parar la tecnología, así como otros objetos, en tanto no se trata de la sustancia per se sino del goce, es decir, dónde entra la pantalla en la satisfacción de cada cual. El autor nos indica que “esa x marca que hay una satisfacción en juego, que toma la forma individual de cada sujeto y que hay que tomar siempre en cuenta cuando se interviene analítica o terapéuticamente respecto de cada cual. Y eso debe ser respetado (...) ¿Cómo hacer para que alguien se desprenda de algo que no sabemos qué significa para cada uno?” [5].
¿Recuerdan el cortometraje Happiness dirigido por Steve Cutts? Allí se ilustra muy bien el estilo de vida que propone la globalización, vinculado al frenesí de la inmediatez, la velocidad con la que cae “lo novedoso” en la vida hipermoderna atravesada por el consumismo. En esta serie de objetos novedosos -pero no por ello menos reemplazables- podrían introducirse también los chatbots con funciones psicoterapéuticas disponibles en la tienda de aplicaciones online. Como contrapartida, en las fisuras de la relación idílica sujeto-objeto de consumo, deberemos estar dispuestos a garantizar las condiciones de posibilidad del encuentro con un profesional a título de analista. Si logramos efectuar otra lectura del síntoma, que vaya más allá de los enunciados y cuya materia prima sean los significantes que comandan la historia de vida de un sujeto, podremos dar otro abordaje y tratamiento al padecimiento subjetivo. Al decir de Oscar Zack, el psicoanálisis le ofrece al sujeto asintomático un canje: “Dame tu gadget con el que fanáticamente gozas (objeto tecnológico, sustancia prohibida o permitida, etc.), es decir, dame tu solución, que yo te daré un problema: el síntoma…” [6].
¿Acaso no es Steve Cutts, a partir de su invención, en tanto artista, el que mejor nos muestra un tratamiento posible para la sordidez de la época? ¿No constituye su creación artística precisamente un modo de elaborar la angustia que puede suscitar el temor a ser reemplazados por las máquinas?
Lo incalculable en una jornada de UBA EN ACCIÓN
Las coordenadas hasta aquí descriptas me permiten compartir con ustedes algunas reflexiones que formaron parte de la escritura del Informe final en el marco de la Práctica Profesional Clínica de la Urgencia. El punto de partida de dicho informe fue el análisis del dispositivo de Orientación Psicológica coordinado por docentes de la cátedra y articulado al dispositivo UBA EN ACCIÓN, en el marco del Programa de Acción Comunitaria en Barrios Vulnerables (PIACBV) y que es la principal política de extensión de la Universidad. En su conjunto el dispositivo se constituye como un espacio fundamental en la política universitaria, donde las distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires convergen a partir de un deseo común que se sustenta en la cercanía a la comunidad. Solo estando allí uno puede tomar dimensión del trabajo que se realiza entre tantas personas que colaboran. Se trata de una práctica multidisciplinaria donde profesionales, docentes y alumnos asisten a los usuarios de forma espontánea o con turno previo en distintas áreas de salud representadas cada una por su Facultad correspondiente: Psicología, Medicina, Odontología, entre otras. Así mismo, se cuenta con el abordaje de disciplinas, tales como el Derecho, la Sociología, Veterinaria, entre tantas otras.
Se instalan bien temprano los camiones de las distintas facultades, que durante el año van recorriendo la Ciudad de Buenos Aires. Quizás los habrán visto en la puerta de Independencia… En esta oportunidad, es en Chacarita. Se arman grandes gazebos, mesas de trabajo, llevan y traen materiales, insumos, papeles. Como psicólogos necesitamos menos: nos alcanza con que haya dos sillitas, alguien que se presente y alguien dispuesto a escuchar. “Es la manera en la que pongo en juego, en la práctica, lo que la universidad pública me dio”, comenta uno de los docentes que me recibe en la posta de orientación psicológica. Se trata de analistas en la comunidad y, sobre todo, frente a estos tiempos que corren y que resultan tan cínicos con la comunidad. Analistas que prestan ahí su escucha, arman ahí una “trinchera” ... Pero no de guerra; en todo caso, la única batalla que se dará allí será contra el síntoma. Y tal vez este sea el primer eslabón en el recorrido singular que en el mejor de los casos llevará a hacer algo con eso que molesta, que da batalla, que es lo más (im)propio y vaya si paradójico, a saber: el goce del síntoma. Esto da una orientación posible para la primera consulta, precisamente, al restituir las coordenadas que la precipitan, es decir, ¿por qué ahora?
Se trata de un punto de quiebre, de ruptura. Y será precisamente desde allí donde podremos tomar la fuerza para la reconstrucción de la escena del sujeto en el mundo, porque es allí donde la necesita. Si definimos la urgencia como la abolición del sujeto, ruptura de la cadena, entonces apostar al decir singular a partir de la escucha bajo transferencia puede ser la oportunidad de producir ese efecto llamado sujeto, que se sitúa más allá de los dichos, en el decir.
¿Qué de la UBA se acciona en este programa? Sin duda las distintas facultades, sus profesionales, docentes y no docentes, también sus estudiantes. Pero quien ocupa el lugar del entrevistador a título de analista, se agrega a ese dispositivo para producir también una acción novedosa sobre el sujeto. Elevar el decir a la dignidad del sujeto y suponer a partir de él otra escena constituye un posible modo de accionar la consulta. El espacio de escucha ofertado permite generar una demanda dirigida a un Otro, una primera direccionalidad del grito de la urgencia. Si hablamos de la pausa, de la escansión, como un posible modo de abordar la urgencia, esta pausa no es pasiva, implica también un acto, en tanto posibilidad de inaugurar un recorrido singular.
A lo largo de las entrevistas de ese día, llamativamente se repiten en cada postulado como: “Yo sé lo que me pasa, es que soy ansiosa”. Otro consultante dice: “Es que tengo ataques de ansiedad”. Se trata de recortes de discursos que en principio parecen refractarios y coagulados bajo el significante de “ansiedad” ofertado por la época y que muchas veces obtura el despliegue de una pregunta genuinamente orientada por lo singular, por el propio decir, que es el inconsciente. No sería desproporcionado imaginar que estas son respuestas que la IA también podría dar a quién le consulta acerca de su malestar.
La analista subraya el “yo sé” que trae la consultante y agrega que, sin embargo, algo la empujó a ese espacio de orientación. Esto resuena a lo que Lacan dice en 1963: “Para que el síntoma salga del estado de enigma todavía informulado, el paso a dar no es que se formule, es que en el sujeto se perfile algo tal que le sugiera que hay una causa para eso” [7]. En este punto se produce un quiebre, viraje del saber yoico, parapetado en el significante “ansiedad”, hacia la causa ligada a la función del a. La intervención de la analista es sostener la pregunta: “¿Por qué se pone ansiosa?” Es decir que toma lo que la paciente trae a la vez que es interrogado y precisamente esto permite un despliegue en la entrevista.
Cuando aparece la pregunta, el enigma respecto del objeto causa de deseo, allí pareciera emerger el punto de urgencia subjetiva. Es decir, en el pasaje de una urgencia generalizada rubricada con el “tengo ansiedad”, al punto en el que se puede leer allí un efecto sujeto, cierta vacilación de eso que aparece aferrado a la organización del yo. Como señala Inés Sotelo, retomando los tiempos lógicos propuestos por Lacan, es precisamente “la apertura de un espacio de escucha lo que permite reinstalar el tiempo de comprender frente a la prisa por concluir que impera en la urgencia generalizada” [8]. Si la “ansiedad” antes quedaba más del lado del rasgo de carácter o del “yo soy así”, es a partir de esta primera pausa que se esboza un punto opaco que la interroga, ya que apostamos a que no todo se explique en “la ansiedad”. Más bien la analista señala la pregunta acerca de qué para ella es la ansiedad, qué la lleva hasta ese estado. Se produce una inversión de los términos y poniendo en entredicho la explicación “me pasa esto porque soy ansiosa”. La respuesta del yo, bien asimilado al síntoma, rápidamente dice “es por la ansiedad”. Y allí el analista sostiene el espacio en forma de pregunta, apostando a que “ansiedad” se ponga a decir. El analista no se apresura a brindar una respuesta, sino que sostiene el lugar de la pregunta, alojando un enigma que podría tornarse motor de un recorrido singular en la vía del deseo. Se trata de un posible modo de transformar una demanda en una oportunidad de subjetivación. La experiencia de UBA EN ACCIÓN muestra cómo lo universitario, lo comunitario y lo analítico arman un entramado discursivo complejo, que no está exento de tensiones y que sin embargo resulta fructífero. Acercar el psicoanálisis al terreno de la universidad es siempre una tarea difícil, llena de obstáculos, pero precisamente es allí donde existe la oportunidad del advenimiento de lo singular, en los márgenes de lo imposible. Este es el modo en el que corroboro que la causa, y el deseo que es su efecto, se mantienen vivos.
El apuntalamiento y fomento de espacios que exceden las aulas, pero sostienen el mismo rigor ético que orienta la práctica funciona como un modo de garantizar el derecho de acceso a la salud, al tiempo que refuerza los vínculos y la integración comunitaria. Se trata de un posible abordaje de las prácticas de goce de cada sujeto, bajo la premisa del respeto por la singularidad de cada consultante. Por ello, tal vez convenga seguir la pista que da Eric Laurent sobre “aquello que se presenta siempre como huida, deslizamiento, desvío, en la experiencia de goce de un sujeto.” [9]. Se tratará de armar un aparato que nombre el goce de los fenómenos de cuerpo, a partir de un arreglo y en la lengua propia, con o sin el apoyo de los discursos establecidos.
En conclusión, es posible un tratamiento del padecimiento que contemple el lugar al que vienen las soluciones singulares, la relación del sujeto a ellas y al goce. Será función del analista alojar y tender la escena cuando estas soluciones no marchen, ahí donde devengan causa de sufrimiento. La responsabilidad subjetiva, que no debemos confundir con culpabilizar a nadie, resulta una brújula ética, en tanto delegar la elección en los asuntos del deseo no otorga ningún margen de libertad.
Referencias bibliográficas
[1] Roose, Kevin (24 de octubre de 2024). ¿Se puede culpar a la IA del suicidio de un adolescente? The New York Times. Extraído de: https://www.nytimes.com/es/2024/10/24/espanol/ciencia-y-tecnologia/ai-chatbot-suicidio.html
[2] Lacadée, Philippe. (2017). Entrevista en Registros, Tomo Azul: Jovenes. Buenos Aires, Argentina. Pp 41.
[3] Laurent, Eric. (2024). La ilusión del cientificismo, la angustia de los sabios. Revista Virtualia. Buenos aires. Extraído de: https://www.revistavirtualia.com/articulos/1022/algoritmos/la-ilusion-del-cientificismo-la-angustia-de-los-sabios
[4] Sotelo, Inés. (2007) Clínica de la Urgencia. Buenos Aires: JCE Ediciones.
[5] Sinatra, Ernesto (24 de mayo de 2021). “Hay una banalización con el término de las adicciones”. Página 12. Extraído de: https://www.pagina12.com.ar/343435-ernesto-sinatra-hay-una-banalizacion-con-el-termino-de-las-a
[6] Zack, Oscar (2017). El amor: una brújula para el siglo XXI. Revista Lacaniana de Psicoanálisis, Número 22. Buenos Aires: Escuela de orientación lacaniana.
[7] Lacan, Jacques. (1962) El Seminario, libro 10: La angustia. Buenos Aires: Paidós.
[8] Sotelo, Inés. (2007) Clínica de la Urgencia. Buenos Aires: JCE Ediciones.
[9]. Laurent, Eric. (2024). La ilusión del cientificismo, la angustia de los sabios. Revista Virtualia. Buenos aires.




