
El presente ensayo propone articular una trama conceptual a partir del relevamiento de diversos autores provenientes de la música, la educación, la psicología y la musicoterapia, quienes, desde sus saberes específicos, reflexionan acerca de la condición del ser musical.
La musicalidad y la identidad sonoro-musical constituyen dimensiones centrales del acervo identitario en sus planos individual, social, histórico y cultural.
En este marco, el gesto reflexivo se inscribe en el intento de componer con palabras aquello que excede los límites del lenguaje, poniendo en juego la posibilidad de pensar lo musical como experiencia constitutiva del ser.
"Überall ist Schönheit, und Schönheit heilt".
"La belleza está en todo y la belleza sana"
Edgar Willems. Introducción a la Musicoterapia (1970)
Hacer referencia al ser musical alude a una perspectiva estudiada desde diferentes puntos de vista dependiendo del área de conocimiento desde donde sea abordada.
La psicología de la música, la pedagogía musical, la musicoterapia, e incluso la filosofía, se hacen preguntas acerca de ese ADN personal que, transitando los avatares del tiempo y la cultura, se constituye como un rasgo identitario que portamos y enriquecemos a lo largo de la vida.
El presente ensayo intentará abordar los aportes realizados por pensadores que, dando luz desde sus objetos de estudio, han realizado aportes de alto valor al momento de conceptualizar el ser musical.
La idea ser musical trasciende la noción de música como objeto externo o como mero producto cultural.
La cultura impone la necesidad de la identificación identitaria. La misma no es solo una característica individual, sino un proceso social y simbólico mediante el cual una persona o comunidad se reconoce en ciertos rasgos. La identidad, tanto individual como cultural, es dinámica y se encuentra en permanente trasformación.
Pedagogos musicales como Edgar Willems han buscado aislar y conceptualizar ese “gen” o “ADN musical” que portamos los seres humanos, intentando traducir en lenguaje aquello que emerge como vivencia primordial. Su propuesta pedagógica se orienta a poner en palabras y en práctica educativa la experiencia sonora que habita en lo más sensible del sujeto, reconociendo a la musicalidad como una disposición natural y constitutiva de la condición humana. De este modo, Willems contribuye a enlazar la dimensión experiencial y la reflexión simbólica, posibilitando que lo inefable de la vivencia musical se inscriba en procesos de formación, comunicación y bienestar general.
A diferencia de los modos de identificación instituidos por la cultura, frecuentemente reducidos a combinaciones alfanuméricas binarias, el ser musical se configura como una dimensión que es inmune a la palabra y los sistemas racionales de categorización.
En lugar de definirse a través del lenguaje, se expresa en el plano de la emoción y de la experiencia sensible. El ser musical responde al flujo energético del sonido en tanto fenómeno vibratorio que nos atraviesa, movilizando afectos, evocaciones y recuerdos ancestrales que escapan al control consciente. En esta dirección, lo musical se presenta como una fuerza que irrumpe en el presente, generando conmoción y habilitando procesos de resonancia emocional y vincular.
Es posible concebir, entonces, al ser musical como la musicalidad disponible: una dimensión constitutiva de lo humano, indisociable de nuestra manera de habitar el mundo y de relacionarnos con otros. En el campo de la educación y la musicoterapia, esta concepción invita a reconocer la musicalidad, no solo como una habilidad artística, sino como una forma de subjetividad y de comunicación no verbal, que posibilita el encuentro, la expresión de lo inefable y la construcción de identidad individual y colectiva.
Se posibilita pensar, entonces, el ser musical como la musicalidad disponible, como una dimensión constitutiva del ser humano, una forma de estar en el mundo y relacionarnos con otros y la cultura.
Willems (1970) plantea que la música no es un agregado a la experiencia humana, sino una expresión natural de aquello que nos habita. La música se encuentra enraizada a la naturaleza humana. El ser musical, se desarrollará en paralelo con el aprendizaje de la lengua de origen y como consecuencia de los incipientes actos comunicativos por fuera del contacto corporal.
Desde su visión de la pedagogía musical el desarrollo del aprendizaje y el acercamiento al hecho sonoro, que se apoyan en las facultades fundantes de un sujeto adherido a la cultura, podrá sostener un estado de salud y bienestar en tanto su comprensión y capacidades de vincularse con el afuera. Estas capacidades podrían nominarse como sensibilidad, afectividad y las varias dimensiones de la inteligencia.
La música ES en la medida que conmueve a otro.
El pedagogo belga sostiene que estas facultades hallan en el sonido un cauce de expresión y expansión. Desde su mirada, la educación integral, aquello que hace anclaje en la cultura y en el camino hacia la búsqueda de bienestar y proyectos vitales, la música, el entorno sonoro, aparecen como lenguaje originario que permite cultivar el ser y la apertura al mundo.
Sostener que la música es la prolongación de la vida misma expresada en vibraciones sonoras (Willems, 1970) impone reflexionar acerca del hecho educativo-comunicativo que se establece. Desde sus palabras el ser musical es inseparable del ser humano. Así, su propuesta de acercamiento al hecho sonoro hace indisoluble el vínculo entre ser musical y ser humano.
Violeta Hemsy de Gainza (1977) destaca que el método pedagógico-musical de Edgar Willems se sustenta en una sólida base psicológica, en tanto reconoce al ser humano como un sujeto integral, en el que se articulan dimensiones sensoriales, afectivas, cognitivas y expresivas. La propuesta de Willems, al trascender la mera transmisión de contenidos técnicos, busca promover un desarrollo musical que acompañe la constitución del sujeto en todas sus dimensiones.
Asimismo, Gainza subraya que, para Willems, el aprendizaje musical se articula con el desarrollo psicológico evolutivo dado que el ritmo se vincula con la pulsión vital y la motricidad, el canto con la interiorización de la voz y la afectividad, y la improvisación con la libertad creadora y la integración de funciones cognitivas superiores. De este modo, cada práctica musical -ritmo, canto, audición, improvisación, interpretación- opera como mediadora entre procesos internos del sujeto y su expresión musical.
El contenido psicológico del método Willems, tal como lo presenta Hemsy de Gainza, no se limita a una técnica de enseñanza musical, sino que constituye una pedagogía de la musicalidad humana. Un abordaje integral que reconoce en la música una vía privilegiada para el desarrollo de la sensibilidad, la inteligencia y la afectividad.
Silvia Español (2014) define la musicalidad como una dimensión fundamental de la existencia humana, que tiene raíces tan profundas como nuestro desarrollo filogenético. En su perspectiva, la musicalidad brota de nuestro pasado filogenético, configurando nuestra forma de movernos, de hablar y de vincularnos con otros desde los albores de la humanidad.
Desde su enfoque, la musicalidad no es únicamente un atributo cultural o artístico. Es parte de nuestra constitución motriz y social. El cuerpo humano -como lo describe Trevarthen (2000) y retoma Español- está organizado para caminar con un pulso interno similar al de un tambor. Este pulso subyace a vehículos expresivos como los rituales, la coordinación social y las interacciones compartidas, y conforma un entramado vital que inicia incluso durante la vida intrauterina.
Según Español, la musicalidad se enraíza tanto en lo biológico como en lo social-cultural. Constituye una forma de estar en el mundo, una disposición corporal y comunicativa que emerge desde los primeros momentos de la vida, atraviesa el desarrollo temprano y permanece como base de nuestras experiencias temporales, afectivas y relacionales.
La autora sostiene que la musicalidad es el abrigo para la prototípica inmadurez prolongada del bebe humano (Español, 2014), y que, como fruto de una sabiduría ancestral de la especie culturalmente tramada, acompaña en los primeros momentos de la vida desde los momentos de cuidado extremo, hasta que, venciendo la fuerza de la gravedad, al ponerse de pie, la musicalidad acompaña y envuelve su vida biológico-social-cultural, favoreciendo el desarrollo ontogenético.
“Nuestro observable cuerpo en movimiento en el mundo y en movimiento con nuestros congéneres delata la musicalidad inherente de la vida humana a lo largo del ciclo vital” (Español, 2014 pp15).
En El musicoterapeuta en el aula, Ariel Zimbaldo (2013) plantea que la música posibilita una forma de expresión que va más allá del lenguaje verbal, permitiendo restituir la dimensión más primaria y creativa del sujeto. En este sentido, Zimbaldo afirma que la música les aporta la posibilidad de expresión no verbal, más allá de la palabra. Significa rescatar lo primario del sujeto desde lo creativo.
Esto implica una concepción del ser musical como aquella faceta del individuo que se expresa mediante la experiencia sonora, no a través de códigos verbales, sino por una vía emocional, intensa, y profundamente constitutiva.
Además, recurriendo a su enfoque dentro de la musicoterapia, Zimbaldo recoge y aplica nociones de Nordoff y Robbins, como el concepto de “niño música”, que describe como la sensibilidad innata por la música que habita dentro de cada ser humano.
Este concepto enfatiza que la musicalidad no depende de formación técnica o consciente, sino que es una disposición intrínseca, un potencial expresivo que emerge desde lo más profundo del ser, independientemente de condiciones físicas o cognitivas.
Finalmente, Zimbaldo articula una visión integradora y holística al señalar que todos los seres humanos somos cuerpo, emoción, voz, creatividad y comunidad. Esta afirmación resalta que la musicalidad implica una experiencia global del sujeto: corporal, afectiva, vocal, creativa, y relacional. No se trata solo de un modo de hacer música, sino de un modo de ser-en-música.
El ser musical, según Zimbaldo, se define como esa capacidad expresiva no verbal y creativa, que emerge de lo sensorial, lo emocional y lo primario.
La musicalidad es una disposición inherente, un potencial vital que se libera a través del sonido, independientemente de las limitaciones del sujeto; esta disposición es, precisamente, el “niño música”.
La musicalidad, entonces, no es solo una habilidad técnica, sino una forma integral de existir: cuerpo, emoción, voz, creatividad y vínculos componen el tejido del ser musical.
El concepto de musicalidad atraviesa distintos enfoques pedagógicos, psicológicos y terapéuticos, todos ellos coincidiendo en que lo musical constituye una dimensión constitutiva de la subjetividad humana.
Conclusiones
La identidad, entendida tanto como valoración cultural como en su dimensión de sujeto, constituye un proceso dinámico en el que los individuos y las comunidades se reconocen, se diferencian y otorgan sentido a su existencia. En este entramado, la musicalidad emerge como un componente fundamental de la identidad sonoro-musical, capaz de articular la biología, la subjetividad y la cultura.
Los aportes de Willems y Hemsy de Gainza resaltan la necesidad de una educación musical fundada en la psicología del desarrollo, donde el oído, el ritmo, el canto y la improvisación se convierten en vías de integración de las facultades humanas. Español amplía esta perspectiva al situar la musicalidad en la raíz filogenética de la especie, como una forma originaria de comunicación y de estar en el mundo. Por su parte, Zimbaldo aporta desde la musicoterapia la noción de ser musical como la expresión innata y no verbal de cada sujeto, destacando su potencial creativo, afectivo y comunitario.
La integración de estas miradas permite comprender que la musicalidad no se limita a una competencia artística o técnica, sino que constituye un núcleo identitario y existencial. Al desplegarse en la educación y en la musicoterapia, la música se vuelve un dispositivo privilegiado para favorecer la construcción de subjetividad, la elaboración emocional, la transmisión cultural y la consolidación de los lazos sociales.
En definitiva, pensar la musicalidad en clave educativa y terapéutica es reconocer que ser musical es ser humano, y que en cada experiencia sonora se juegan, a la vez, la afirmación de la identidad personal y la pertenencia a una memoria histórica y cultural compartida.
La musicalidad, entendida como dimensión constitutiva del ser humano, se manifiesta en múltiples planos. Desde los aportes de Edgar Willems, Violeta Hemsy de Gainza, Silvia Español y Ariel Zimbaldo, es posible reconocer que el ser musical trasciende la técnica y la formación académica para convertirse en un eje fundante de la subjetividad, de la comunicación afectiva y de la pertenencia social, inmune a las palabras.
Referencias Bibliográficas
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