Paradojas del cuerpo en la fobia

  • Agrandar Texto
  • Achicar Texto

Poner el foco en la relación entre cuerpo y fobia requiere situar una serie de paradojas. Una paradoja clínica, la de un cuerpo que se tiene en el momento en que se sustrae o se fuga, que consiste en la evitación o en el rechazo. Una paradoja conceptual, la de una categoría que al deshacerse persiste como síntoma. Una paradoja teórica, la de un corpus que se actualiza cuando se lo desplaza. De la doctrina clásica de la fobia como “cristal significante”,[1] a la definición tardía de la misma como “estar amedrentado”[2] por el goce, y de la dialéctica falo-castración, a las respuestas posibles ante S (A/), el desplazamiento actualiza este viejo cuadro decimonónico, casi una pieza de museo, para situarlo entre los modos con los que un parlêtre se las arregla para (sos)tener el cuerpo.

Esta perspectiva implica –mediante un “zurcido”[3] de elementos de diversos momentos conceptuales– extraer las consecuencias de algo que Lacan subrayó desde el inicio, a saber, que la fobia es un síntoma que provee una solución. Un síntoma que, mediante la invención de un S1 convertido en objeto, da tratamiento a la disrupción de goce.

Se conjugan así tres clínicas forjadas por Lacan –la del significante, la del objeto, la del goce–, pero también dos momentos de la elaboración en torno al cuerpo: la extracción del objeto a y sus efectos de corporización; y el cuerpo como consistencia dada por alguna clase de anudamiento o arreglo.

De allí podemos arriesgar dos afirmaciones, a explorar en lo que sigue, comparando algunos casos:

- La fobia produce la extracción de un objeto fuera del cuerpo, que sirve como horma en la conformación del Otro y el objeto a, y permite localizar el goce.

- El síntoma fóbico posibilita el (re)armado del imaginario corporal y arreglárselas con las variedades del goce, pues, de modo equivalente al sinthome, es una suplencia del padre y el falo.

 

I-

Lacan hizo de Juanito el paradigma ineludible de la fobia en diversos aspectos, entre ellos, la relación entre cuerpo y objeto a.

En efecto, bajo la presión de la angustia, el niño escupe un significante y comienza el trabajoso proceso de construcción de un objeto fuera de cuerpo, cuyo resultado final, tras una serie de giros lógicos, es la solución del tornillo, figura de lo amovible, que pone fin a la crisis. Entre un punto y otro el niño pasa de un cuerpo “todo entero” –subraya Lacan– identificado al falo imaginario (de la madre), a un cuerpo regulado por la castración. Si, como señala J.-A. Miller, “el goce no ha esperado al falo para tener un cuerpo”[4], el síntoma fóbico opera el pasaje del arreglo previo, hacia el ordenamiento del cuerpo y el espacio según la lógica fálica. “Placa giratoria”, entonces, no sólo entre síntoma y fantasma –y los consecuentes tipos clínicos–, sino también entre modos de (sos)tener el cuerpo y arreglárselas con el goce.

En el Seminario 10, Lacan conceptualiza la cesión del objeto bajo el modelo de la extracción de partes del cuerpo, y afirma que dicha cesión es lo que origina el campo del Otro. Vuelve entonces a Juanito para iluminar cómo se produce “(…) la transformación del objeto, que convierte un objeto situable, localizable, intercambiable, en esa especie de objeto privado, incomunicable y, sin embargo, dominante que es nuestro correlato en el fantasma”[5]. En efecto, el objeto a, cuya cesión determina la naturaleza del lazo con el cuerpo y el Otro, debe ser construido, y esa construcción no es otra cosa que su extracción. La conformación de un objeto fuera del cuerpo como localizador y condensador de goce es un aspecto central, y el farragoso proceso de Juanito, que va del caballo al tornillo, lo pone de manifiesto.

Pero hay una vuelta más, pues tal como señala Miller[6], todo cambia cuando Lacan anuncia que el Otro en cuestión ya no es el del significante, sino que el Otro es el cuerpo. En el seminario De un Otro al otro lo dice de modo explícito, y ello da lugar a una nueva formulación: “El propio campo del Otro es, si puedo decir así, en forma de a. Este enforma se inscribe en una topología donde el objeto a se hace presente en este campo, agujereándolo”[7]. La fórmula viene a dar cuenta de la correlación entre el objeto y ese Otro que es el cuerpo, de su conformación topológica según una “horma”[8] común. Esto significa que el objeto a provee una horma para el cuerpo, subraya E. Laurent, y permite anticipar algo que Lacan pondrá de relieve en su última enseñanza, cuando, al volver sobre Juanito, destaque, ya no tanto el valor significante del caballo, sino sus características imaginarias: ese caballo que piafa, cocea, se tumba[9], etc., que le permite tratar los efectos de la efracción de goce.

Un ejemplo nítido es el del paciente de R. Lebovici, conocido por los efectos de perversión transitoria que ella produjo y Lacan elucidó. En el Seminario 4, describe los dos tiempos de esta extraña fobia. Primero, un temor a ser demasiado grande, además de fobias relativas al vestir, miedo a llevar zapatos demasiado pequeños o mangas muy largas. El segundo tiempo tiene lugar a partir de una pesadilla reiterada, en la que emerge la imagen un hombre con armadura, provisto de un tubo de fly-tox.

En el primer momento, el objeto aún no se diferencia del cuerpo, produciendo una dificultad para portarlo y vestirlo. A partir de la pesadilla, el objeto cobra una forma, con la armadura como detalle sutil que muestra la función de horma. El hombre con armadura es una figura del Otro, de ese Otro que no es sino el cuerpo y, a la vez, da cuenta del pasaje del objeto al exterior, en este caso como insectos, objetos fóbicos por antonomasia. El frasco de insecticida es el elemento que da texto al síntoma fóbico en el segundo tiempo, en el cual el sujeto viene al lugar del a, de modo que tiene miedo de ser asfixiado por el hombre de la armadura. Así, esta breve viñeta muestra desglosados los elementos del enforma de Lacan, y el efecto simultáneo de corporización y conformación del Otro que tiene lugar con la extracción del objeto a.

De lo antepuesto, cabe concluir que no da lo mismo cualquier objeto, e incluso más, que de las características del mismo dependerá la solución, en su tipo y calidad. Se hace fácil constatarlo si comparamos la fobia de Juanito con la de la pequeña Piggle, el caballo y lo negro no producen el mismo efecto de separación y regulación. Pero además, el caso de Lebovici muestra que no se trata de un proceso infantil o evolutivo, sino que “fomentarse el temor a un tigre de papel”[10] –bella definición lacaniana de la fobia– forma parte del repertorio de recursos con los que un parlêtre produce la extracción de un objeto y hace consistir el cuerpo, al precio de sustraerlo.

 

II.

Si hay un caso que permite verificar la relación entre síntoma fóbico y sinthome, y sus efectos a nivel del cuerpo, es el del Hombre de los Lobos.

Más allá de las controversias diagnósticas, y si bien hay momentos de crisis e incluso una alucinación, está claro que no se produce –subraya Miller– una invasión libidinal “que haría saltar los límites de su cuerpo”[11]. Al respecto, la función de anudamiento de la fobia a los lobos resulta fundamental, como se pone de manifiesto en el devenir del caso.

En un primer momento, la fobia –efecto directo de la pesadilla, según Freud[12]– vino a tratar la disrupción de goce que el sueño escenifica. Pero también suple la función del padre simbólico, la cual, precisa Miller, no consiste en suprimir el goce o la angustia, sino en  localizarlos.[13] La fobia lo consigue de modo duradero, al menos por dos vías: 1- entramada con una segunda fobia, la de las mariposas, recorta el rasgo fetichista que comanda, en adelante, su condición erótica; 2- el ritual del enema, práctica que siguió a la fobia al lobo sin solución de continuidad, da lugar a una satisfacción, a la vez que rasga el velo que se interpone entre él y el mundo, de modo tan extraño como fugaz. Por fin, lo ajustado del nombre que Freud le dio, con estatuto de acto analítico, se constata por los efectos de nominación. En sus memorias, él se presenta a sí mismo como el Hombre de los Lobos y relata una vida inseparable del psicoanálisis, que le dio un lugar en el mundo tras la debacle del que fuera el suyo, de aristócrata ruso. El animal objeto de la fobia adquiere así función de nominación simbólica, en el sentido literal de dar nombre, pero también como modalidad de anudamiento que abrocha la singularidad de su goce y la particularidad de sus identificaciones.

Para concluir, un recorte de un caso publicado en Lacaniana 29, pues permite verificar tanto la función de anudamiento como la condición transclínica del síntoma fóbico. Phlippe La Sagna relata el caso de una mujer que consulta por una fobia muy peculiar, que tiene por objeto las cañerías, en especial los tubos flexibles. Ella sabe que sus dificultades tienen que ver con la muerte de su padre. El analista, con suma delicadeza, hace el inventario de los fenómenos de cuerpo (a veces no siente las extremidades, manos o pies), y las dificultades con la enunciación (hablar de sí misma le es muy penoso, no puede firmar cheques ni pasar por caja). Esto le permite ubicar con precisión el nudo singular entre cuerpo, decir y síntoma fóbico. Para esta mujer, se trata de lidiar con la “podredumbre” de los cuerpos afectados por el lenguaje, ese “gusano” parasitario que hace signo en su fobia, y con la “violencia” del decir, cuya atribución a un cuerpo particular le resulta precaria e inestable. Al final del relato, un dicho acerca del padre permite reordenar el caso: “De niña, yo andaba todo el tiempo detrás de él, lo seguía como un ejemplo, después me molestaba seguirlo, tenía miedo de que me asimilaran a él. También me ocultaba detrás de él, primero para protegerme y luego para disimularme”.[14] Al modo del acompañante del agorafóbico, ella se valía de otro cuerpo para sostener el suyo, entonces, muerto el padre, la idea de los gusanos se le impone con horror, y se queda sin cobertura. El síntoma fóbico viene al lugar de ese cuerpo, a suplir su función de amarre, hasta que el análisis le habilite, quizás, una mejor opción.

 

Referencias bibliográficas

1-   Freud, S., “De la historia de una neurosis infantil”, Obras Completas, Buenos Aires Amorrotu,1992, t. XVII, p. 102.

2-   Lacan, J., “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 2006.

3-   Lacan, J., “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, Escritos I, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.

4-   Lacan, J., El seminario, libro 16, De un Otro al otro, Buenos Aires, Paidós, 2011,

5-   Laurent, E. La batalla del autismo, Buenos Aires, Grama, 2012.

6-   Miller, J.-A., “El inconsciente y el cuerpo hablante. Presentación del tema del X Congreso de la AMP, en Río de Janeiro 2016”, Revista Lacaniana de psicoanálisis, 17, 2017.

7-   Miller, J.-A., 13 clases sobre el Hombre de los Lobos, Buenos Aires, UNSAM, Colección Tyché, 20017.



[1] J. Lacan, “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, Escritos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, t.1, p. 486.

[2] J. Lacan, “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 2006, p. 128

[3] J.-A. Miller,  “El inconsciente y el cuerpo hablante. Presentación del tema del X Congreso de la AMP, en Río de Janeiro 2016”, Revista Lacaniana de psicoanálisis, 17, (2017), p. 28.

[4] J.-A. Miller, “El estatuto de lo real”, Freudiana nº 63, Barcelona, ELP, 2011. Clase del 9 de febrero de 2011 de L’orientation lacannienne III, 13 (2011) “El Uno solo”, enseñanza del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad París VIII, inédito.

[5] J. Lacan, El seminario, libro 10, La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2007, p. 100.

[6] J.-A. Miller, J.-A. Miller, “El estatuto de lo real”, Freudiana nº 63, op. cit.

[7] J. Lacan, El seminario, libro 16, De un Otro al otro, Buenos Aires, Paidós, 2011, p. 274.

[8] E. Laurent, La batalla del autismo, Buenos Aires, Grama, 2012.

[9] J. Lacan, “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, Intervenciones y textos II, Buenos Aires, Manantial, 2006, p. 128.

[10] J. Lacan, op. cit , 2011, p. 294.

[11] J.-A. Miller, 13 clases sobre el Hombre de los Lobos, Buenos Aires, UNSAM, 20017, p. 63.

[12] S. Freud, “De la historia de una neurosis infantil”, Obras Completas, Buenos Aires Amorrotu,1992, t. XVII, p. 102.

[13] J.-A. Miller, 13 clases sobre el Hombre de los Lobos, op. cit, , p. 63.

[14] P. La Sagna, “Una fobia singular”, Revista lacaniana de psicoanálisis, 29 (2021), p. 239.

 

Revista Electrónica de la Facultad de Psicología - UBA | 2011 Todos los derechos reservados
ISSN 1853-9793
Dirección: Hipólito Yrigoyen 3242, Piso 3º - (1207) CABA | Teléfonos: 4931-6900 / 4957-1210 | e-mail: intersecciones@psi.uba.ar