Psicología Positiva: bases conceptuales y su aporte a la psicología de la salud

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La Psicología Positiva surgió a comienzos de los años 2000 como un campo que buscó ampliar el foco de la psicología más allá de los trastornos mentales, incorporando el estudio científico de las condiciones que permiten que personas y comunidades florezcan. En este marco, el bienestar comenzó a entenderse como un constructo multidimensional que integra sentirse bien y funcionar bien. En psicología de la salud, especialmente en el contexto de enfermedades crónicas, estos aportes permiten ampliar las metas del acompañamiento psicológico, promoviendo no solo la reducción del malestar, sino también la posibilidad de sostener sentido, vínculos y calidad de vida a largo plazo.

1. Introducción

1.1. Del modelo del déficit al modelo dual continuo de salud mental

Durante gran parte del siglo XX, la psicología se organizó alrededor de un modelo de déficit, en el que la salud mental equivalía, en la práctica, a no cumplir criterios de trastorno mental. Esta perspectiva favoreció enormes avances diagnósticos y terapéuticos, pero dejó en segundo plano la pregunta por el bienestar. El trabajo de Keyes (2002) cuestiona de manera explícita la equiparación entre la ausencia de psicopatología y la salud mental. A través de su propuesta del modelo dual continuo, muestra empíricamente que salud mental y trastornos mentales son dimensiones relacionadas pero distintas: una persona puede no presentar trastorno y, sin embargo, mostrar bajos niveles de bienestar emocional, psicológico y social (Keyes, 2002, 2005; Westerhof y Keyes, 2010).

En este escenario, la pregunta se vuelve inevitable: si no alcanza con “no estar enfermo”, ¿qué entendemos entonces por salud mental y por bienestar?

1.2. El nacimiento de la Psicología Positiva

En el contexto del cuestionamiento a un modelo exclusivamente deficitario, Seligman y Csikszentmihalyi plantearon, a comienzos de los años 2000, la necesidad de una Psicología Positiva, definida como el estudio científico de las condiciones y procesos que permiten que individuos, comunidades e instituciones florezcan (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). El término “florecimiento” (“flourishing”) suele utilizarse para describir un estado de alto bienestar emocional, psicológico y social, en el que las personas experimentan emociones positivas frecuentes, relaciones nutritivas, sentido vital y participación social, aun en presencia de dificultades y estresores (Keyes, 2002; Seligman, 2011).

En una primera etapa, Seligman desarrolló la teoría de la “felicidad auténtica”, que tomaba la satisfacción con la vida y otras evaluaciones globales de la propia vida como indicadores centrales de la felicidad (Seligman, 2002). Posteriormente, este enfoque evolucionó hacia el modelo PERMA, que introdujo el término “florecer” (flourish) para definir al bienestar como la combinación de emociones positivas, compromiso, relaciones, sentido y logros (Seligman, 2011).

Hoy en día, el concepto de florecimiento ha comenzado a operacionalizarse de múltiples maneras en la investigación empírica. Por ejemplo, el Mental Health Continuum–Short Form (MHC-SF) utiliza puntuaciones Likert para identificar distintos niveles de salud mental, incluyendo el estado de florecimiento. Otros trabajos han empleado instrumentos basados en el modelo PERMA para evaluar dimensiones específicas del bienestar. Una revisión reciente sistematizó estas y otras formas de conceptualizar el florecimiento, analizando sus propiedades psicométricas y alcances (Rule et al., 2024).

2. PONIENDO EL ZOOM EN EL CONCEPTO DE BIENESTAR

2.1. Tradiciones filosóficas del bienestar: hedonismo y eudaimonismo

La pregunta sobre qué es el bienestar no es reciente y retoma un debate filosófico de larga data. La tradición hedonista, asociada a autores como Arístipo o, en la modernidad, a Bentham, concibe la vida buena como aquella que maximiza el placer y minimiza el dolor.

En cambio, la tradición eudaimónica, que remonta a Aristóteles, sostiene que la felicidad auténtica se encuentra en la actividad virtuosa y en la realización del daimon (verdadera naturaleza de la persona). No todo deseo satisfecho conduce al bienestar: solo aquellas formas de vida que desarrollan capacidades valiosas y expresan virtudes. Esta concepción pone el acento en la excelencia moral y en el desarrollo de las potencialidades humanas, más que en el placer inmediato.

2.2. Modelos psicológicos contemporáneos del bienestar

A partir de estas tradiciones filosóficas se han desarrollado diversos modelos psicológicos del bienestar. El enfoque hedónico del bienestar subjetivo, que promovieron Ed Diener y colaboradores (Diener et al., 1999), define el bienestar como la combinación de alta satisfacción con la vida, frecuentes emociones positivas y escasas emociones negativas.

En la tradición eudaimónica, Carol Ryff propuso el modelo de bienestar psicológico que concibe el bienestar como un estado de funcionamiento óptimo en seis dimensiones: autoaceptación, relaciones positivas, autonomía, dominio del entorno, propósito vital y crecimiento personal (Ryff, 1989). De manera convergente, Waterman (1993) plantea la noción de “personal expressiveness”, según la cual el bienestar surge cuando las actividades de la vida están alineadas con los valores más profundos de la persona y permiten la realización de su potencial.

La Teoría de la Autodeterminación, que desarrollaron Edward Deci y Richard Ryan, sugiere que el bienestar emerge del grado en que el entorno permite satisfacer tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y vínculos (Ryan y Deci, 2000; Ryan et al., 2008).

2.3. Hacia una visión integrada del bienestar

Algunos desarrollos recientes han intentado integrar de manera explícita las perspectivas hedónicas y eudaimónicas del bienestar. Martela y Sheldon (2019) proponen que un primer paso para clarificar el bienestar eudaimónico y el bienestar en general es distinguir entre tres subcategorías más precisas: las motivaciones y actividades eudaimónicas, la satisfacción de las necesidades psicológicas básicas y el bienestar subjetivo. De esta manera, “hacer el bien” y “sentirse bien” aparecen como dos elementos complementarios del bienestar. “Sentirse bien” alude a cómo se experimenta la vida desde el interior, es decir, a las evaluaciones cognitivas y afectivas que las personas hacen de su propia vida. “Hacer el bien” remite, en cambio, al modo en que la persona actúa, a los valores que orientan su conducta, a sus metas y prácticas cotidianas. Desde una concepción eudaimónica del bienestar, ciertas formas de vivir y actuar tienden con mayor probabilidad a favorecer el florecimiento, mientras que otras resultan menos beneficiosas para la salud (Sheldon, 2016).

En este marco, las motivaciones y actividades eudaimónicas se entienden como procesos conativos, es decir, fuerzas que impulsan al organismo a orientarse hacia determinados valores, metas y maneras de relacionarse con el mundo (Mayer et al., 1997). No forman parte del bienestar “sentido” en sí mismo, sino que son patrones de acción que han mostrado conducir a mayores niveles de bienestar subjetivo y funcionamiento óptimo (Martela y Sheldon, 2019). Entre estas motivaciones eudaimónicas y el bienestar subjetivo se ubica una tercera categoría: la satisfacción de las necesidades psicológicas básicas. Se trata de constructos experienciales y no conativos, porque describen cómo se vive la relación con el contexto, más que las intenciones o decisiones de acción del sujeto.

En conjunto, esta propuesta sugiere que una parte central de la eudaimonía consiste en “hacer bien” mediante el compromiso con motivaciones y actividades eudaimónicas, que a su vez favorecen la satisfacción de las necesidades psicológicas básicas y, con el tiempo, mayores niveles de bienestar subjetivo.

2.4. Fortalezas y virtudes del carácter

Uno de los aportes distintivos más importantes de la Psicología Positiva es la sistematización de virtudes y fortalezas del carácter. Peterson y Seligman (2004) propusieron una clasificación que identifica seis grandes virtudes: sabiduría y conocimiento, coraje, humanidad, justicia, templanza y trascendencia, que se expresan en 24 fortalezas concretas como gratitud, esperanza, curiosidad o perseverancia.

Si retomamos la distinción presentada en el apartado anterior, las virtudes y fortalezas del carácter pueden entenderse como una forma específica de esas motivaciones y actividades eudaimónicas. Es decir, representan modos relativamente estables de orientar la acción hacia ciertos valores y metas que, de manera consistente, tienden a favorecer un mayor bienestar subjetivo (Martela y Sheldon, 2019).

La evidencia empírica ha mostrado que el uso frecuente de fortalezas se asocia con mayores niveles de bienestar, satisfacción con la vida y emociones positivas, así como con menores síntomas emocionales (Peterson et al., 2007; Proyer et al., 2013). Sobre esta base se han desarrollado intervenciones centradas en identificar, cultivar y aplicar las fortalezas personales en contextos significativos de la vida cotidiana y en la práctica clínica (Rashid y Seligman, 2018).

Desde esta perspectiva, las fortalezas del carácter pueden entenderse como uno de los caminos privilegiados a través de los cuales las personas “hacen el bien” en el sentido eudaimónico del término.

3. Psicología Positiva y psicología de la salud

3.1. Enfermedades crónicas y salud mental: por qué el bienestar importa

Las enfermedades crónicas no transmisibles, como las cardiovasculares, el cáncer, las enfermedades respiratorias crónicas o la diabetes, concentran una proporción creciente de la carga global de enfermedad y requieren atención prolongada (World Health Organization [WHO], 2024; Vos et al., 2015). Más allá de los parámetros biomédicos, vivir con una enfermedad crónica implica, con frecuencia, ajustes profundos en el estilo de vida: abandonar actividades valoradas, adaptarse a limitaciones físicas y afrontar el impacto económico de tratamientos y medicaciones (American Psychological Association [APA], 2010).

En este contexto, numerosos estudios han mostrado que las personas con enfermedades crónicas presentan, en promedio, mayores niveles de depresión, ansiedad y menor calidad de vida que quienes no conviven con estas condiciones (Harter et al., 2007; Moussavi et al., 2007). Sin embargo, también se observan diferencias marcadas entre pacientes con un mismo diagnóstico y grado de deterioro físico, lo que sugiere que los recursos psicológicos, los significados atribuidos a la enfermedad y las formas de afrontamiento juegan un papel central en cómo se vive la cronicidad (Graham et al., 2013; Miglioretti et al., 2008).

Desde esta perspectiva, resulta insuficiente evaluar el impacto de las enfermedades crónicas únicamente en términos de sintomatología o funcionamiento físico. La experiencia de bienestar, tanto en sus dimensiones emocionales, psicológicas como sociales, se convierte en un componente clave para comprender la adaptación a largo plazo y debería ser considerada un objetivo explícito de la intervención en psicología de la salud.

3.2. El aporte conceptual de la Psicología Positiva a la psicología de la salud

La Psicología Positiva ofrece un marco que permite integrar de manera más sistemática el bienestar en el abordaje de las enfermedades crónicas, al entender la salud mental como algo más que la mera ausencia de psicopatología y vincularla con el bienestar emocional, psicológico y social (Keyes, 2002). En esta línea, se ha planteado la idea de una salud mental sostenible, en la que el objetivo no es solo reducir el malestar en el corto plazo, sino fortalecer recursos que permitan sostener una vida sentida como valiosa aun en presencia de vulnerabilidades o diagnósticos crónicos (Bohlmeijer y Westerhof, 2021). Aplicado a la psicología de la salud, esto implica ampliar la pregunta clínica más allá de cómo aliviar los síntomas y considerar también qué contextos favorecen que la persona siga tomando decisiones alineadas con sus valores, cómo puede sostener vínculos significativos y en qué medida puede experimentar logros relevantes a pesar de la enfermedad.

3.3. Intervenciones en Psicología Positiva en enfermedades crónicas

Sobre las bases teóricas de la Psicología Positiva se han desarrollado intervenciones basadas en Psicología Positiva (Positive Psychology Interventions, PPIs), que buscan aumentar el bienestar mediante el cultivo sistemático de emociones positivas, la identificación y uso de fortalezas personales, la gratitud, la esperanza, el sentido vital y las relaciones de apoyo (Rashid y Seligman, 2018). Aunque no existe una definición única de PPI, la mayoría de las propuestas coinciden en situar la promoción del bienestar en el centro de la intervención (Parks y Biswas-Diener, 2013)

Los metaanálisis disponibles señalan que, en población general y en muestras clínicas, las PPIs producen mejoras pequeñas a moderadas en bienestar y reducciones en síntomas emocionales (Bolier et al., 2013; Chakhssi et al., 2018; Carr et al., 2020). Otra revisión de PPIs en enfermedades crónicas destaca el papel de recursos como el sentido de vida, el optimismo y el crecimiento postraumático en la adaptación psicológica a largo plazo en personas con enfermedades crónicas (Ghosh & Deb, 2017).

En conjunto, estos desarrollos sugieren que la integración de la Psicología Positiva en la psicología de la salud no solo añade nuevas técnicas de intervención: también contribuye a redefinir las metas del tratamiento, de modo que, además de aliviar el sufrimiento asociado a la enfermedad crónica, se busque favorecer que las personas dispongan de recursos para seguir floreciendo dentro de las posibilidades y límites que su condición impone.

4. CONCLUSIONES

El recorrido presentado sugiere que pensar la salud mental solo en términos de ausencia de trastorno deja fuera una parte central de la experiencia humana. Los desarrollos teóricos convergen en una idea común: el bienestar implica tanto sentirse bien como funcionar bien y poder desplegar las propias capacidades en contextos que sostengan la autonomía, la competencia y las relaciones.

En este marco, la Psicología Positiva aporta un lenguaje y un conjunto de herramientas para estudiar científicamente el florecimiento, poniendo el foco en virtudes, fortalezas y recursos que permiten una vida plena incluso en presencia de vulnerabilidades. Su integración en la psicología de la salud invita a ampliar las metas de la intervención: no solo aliviar el sufrimiento asociado a las enfermedades crónicas, sino también crear condiciones para que las personas conserven sentido, vínculos y proyectos significativos.

 

Referencias

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