
En el contexto más amplio del envejecimiento poblacional, abordamos la clínica de la vejez a partir de una lectura del psicoanálisis de orientación lacaniana, situando los cambios y transformaciones que el paso del tiempo introduce en los seres hablantes. Esta etapa convoca una tensión fecunda entre aspectos generales que la atraviesan -el cuerpo, la sexualidad, la muerte, la finitud del tiempo- y las respuestas singulares que cada parlêtre produce para arreglárselas con el goce. Se destaca así la apuesta al deseo, el respeto absoluto por la singularidad y la convicción de que la potencia deseante y la capacidad creadora no envejecen.
“La vejez” constituye un tema amplio y es abordado desde múltiples disciplinas y perspectivas teóricas. Diversos campos del saber han intentado explicar y dar respuestas a las problemáticas y particularidades que emergen en esta etapa de la vida. Así, desde la biología, la medicina, la antropología, la sociología, la psicología, entre otras, se exploran los cambios que se producen en esta etapa y las implicancias que tiene en los vínculos sociales, familiares y culturales.
Desde el psicoanálisis de orientación lacaniana disponemos de numerosos desarrollos en relación con la clínica de niños y adolescentes; no ocurre del mismo modo, sin embargo, cuando se trata de la clínica de la vejez.
Bernardino Horne afirma: “Hoy sabemos que un sujeto no tiene edad, sino que va viviendo, transitando toda una vida y así como la adolescencia está marcada por la singularidad, también la etapa de la vejez tiene sus particularidades”[1].“No retroceder ante la vejez” permite hacer una lectura desde los conceptos elaborados por Lacan, apostando a recortar la singularidad de cada parlêtre. Desde esta posición, escuchamos la relación que cada sujeto tiene con lo que dice y los modos en que logra arreglárselas con las circunstancias que la vida le presenta. Esa respuesta es siempre singular y se inscribe en un contexto determinado, en una época que incide en las subjetividades y en los modos de presentación del padecimiento subjetivo.
La llamada “clínica de la vejez” tuvo una expansión importante en estos últimos tiempos y es abordada -como dijimos- desde distintas orientaciones. En primer lugar, es preciso ubicar el contexto más amplio en el que se inserta nuestra perspectiva actual respecto de la vejez y cómo desde hace años hay políticas que intentan defender los derechos de las personas mayores y realizar un abordaje que implica una articulación entre distintas disciplinas.
En la actualidad nos encontramos con el fenómeno del envejecimiento poblacional, es decir, la población envejece en todo el mundo a un ritmo más acelerado que en épocas anteriores. Ahora bien ¿cuáles son las coordenadas en las que se produce este envejecimiento de la población? Situamos dos causas fundamentales: el incremento de la esperanza de vida -mejor nutrición, mejores condiciones de vida, los avances de la ciencia, etc.-, y la reducción de la natalidad.
Y avanzamos un paso más: ¿Cuáles son las consecuencias que plantea este nuevo escenario? Por primera vez en la historia, el número de personas mayores superará al de jóvenes. En este contexto comienzan a producirse modificaciones en las sociedades, y se introducen cambios en la estructura demográfica, en lo que se conoce como la pirámide.
En diciembre de 2020, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró la Década del Envejecimiento Saludable para el periodo 2021-2030. Se trata de una gran estrategia que, a lo largo de diez años, orienta a los gobiernos y a las organizaciones a concentrar sus políticas en la mejorara de la calidad de vida de las personas mayores. El desafío que plantea la OMS[2] para el siglo XXI es brindar una buena calidad de vida a las personas mayores, retrasando la aparición de discapacidades que son propias de la edad. Ello implica que los sistemas de salud deben adecuarse a las necesidades de la población de más edad, adaptar las ciudades, la posibilidad de movilizarse, el campo laboral, los sistemas previsionales, el impacto sobre las jubilaciones. En la actualidad muchos adultos mayores son sumamente activos e independientes, y realizan un aporte intelectual y cultural valiosísimo para la sociedad.
Simone de Beauvoir, en su libro La vejez, realiza un estudio exhaustivo acerca de la concepción de vejez a lo largo de la historia, recorriendo distintas épocas, y subrayando cómo el modo de concebirla recibe el impacto de cada cultura.
En estos últimos años, nos encontramos con dos coordenadas importantes. Por un lado, el contexto de la pandemia puso sobre el tapete distintas versiones y puntos de vista sobre el acompañamiento, el cuidado, los recursos, la salud, la libertad y la posibilidad de elegir, entre otras. Asimismo, escuchamos la respuesta decidida de muchos adultos mayores, argumentando, dando las razones de su posición, con una participación social muy activa y comprometida. Por el otro, el avance de la tecnología asociada al mercado, la Inteligencia Artificial en pos de extender la vida y retrasar las marcas del envejecimiento.
Entonces, ¿cómo concebimos la vejez en la actualidad? Situamos en principio dos perspectivas: la noción de vejez asociada a representaciones negativas que comportan una connotación peyorativa, resaltando las capacidades disminuidas y los cuerpos desgastados. De este modo, se pone el acento en las pérdidas, las faltas y las incapacidades. Por otro lado, hay otra lectura sobre la vejez, la cual, sin desconocer los efectos del paso del tiempo y el impacto en los cuerpos, no pone el acento en un aspecto deficitario, sino en lo adquirido a través de la experiencia, la sabiduría y en donde se mantiene una posición decidida y deseante. La vejez y lo que no envejece nos dan una pista respecto de este punto.
Si bien existen temáticas que adquieren un valor muy especial es fundamental subrayar que estos temas “para todos” no deben eludir la respuesta singular de cada ser hablante. Existe, así, una tensión fecunda entre esos aspectos universales y las respuestas singulares, lo que permite evitar la tendencia a la generalización de las problemáticas y los supuestos lugares comunes asociados a esta etapa de la vida. En este marco, los temas que cobran relevancia se centran en la importancia de los lazos sociales, la noción de duelo, las pérdidas, la sexualidad, la relación con el cuerpo, el amor, los trastornos cognitivos, el entorno familiar, el deseo y la posibilidad de invención.
Conviene dejarse enseñar y sorprender por lo que los adultos mayores, uno por uno, pueden enseñarnos. Es una posición que conviene al analista, en su apuesta por favorecer el despliegue de la dimensión subjetiva y la singularidad.
Dos imposibles freudianos
Muerte y sexualidad son dos nociones que remiten a lo imposible, a lo traumático, confrontan con la castración y con la ausencia de relación sexual. No hay complementariedad entre los sexos y frente a esta ausencia, el amor surge como respuesta. Situamos aquello que es del orden de la imposibilidad y luego las versiones que a modo de ficciones intentan constituirse como respuestas a ese vacío. En esa línea podemos leer las representaciones no sólo singulares, sino esas ficciones que se cuenta una sociedad, localizando la noción de vejez en estrecha relación con la cultura en las cual se insertan los adultos mayores.
En general persisten tabúes que suponen que los adultos mayores son asexuados. Sin embargo, la clínica y diversos testimonios muestran que ni el deseo ni la sexualidad se extinguen con la edad; su desaparición o reducción no dependen de la longevidad ni del transcurso del tiempo. En la actualidad, muchos documentales, series y películas comenzaron a interrogar esta temática, cuestionando los prejuicios existentes y otorgando un lugar a la palabra y a la experiencia singular
En el mundo occidental hay una tendencia a idolatrar la juventud. Existe un empuje a preservar los cuerpos jóvenes, intentando borrar los signos del envejecimiento y las marcas del paso del tiempo.
En la vejez, la relación con el cuerpo y con la imagen se transforma, y conviene situar cómo cada quien responde a esas modificaciones. Para algunos, la disminución de ciertas capacidades motoras intenta negarse; para otros, se trata de integrar esos cambios y encontrar nuevos modos de hacer, con tiempos y ritmos diferentes. El uso de un bastón, de un andador o la necesidad de tomar ciertos recaudos al desplazarse por la ciudad no implican necesariamente leer el cuerpo desde el déficit, sino ubicar un modo singular de habitarlo.
Estos cambios corporales pueden inscribirse en la serie de las pérdidas. Si bien éstas forman parte de la vida, en la vejez se vuelven más frecuentes: la muerte de una pareja o de amigos, el alejamiento de ciertos espacios y roles, o la reducción de actividades que en otro momento organizaban la cotidianeidad. Cada una de estas experiencias introduce algo nuevo que exige un reordenamiento subjetivo. La muerte de los pares marca las coordenadas de un escenario que se deberá afrontar, y es que la vida, la propia y la de otros, tiene un final, confrontando con la idea de la propia mortalidad y la finitud del tiempo.
Sin que ello constituya un signo de depresión, muchos adultos mayores se interrogan sobre cómo dejar resuelto aquello que facilite la tarea de quienes los rodean: ordenar documentos, desprenderse de objetos, regalar otros a determinados integrantes de la familia, transmitir lo que consideran valioso.
En este periodo, el cese de la actividad laboral y la jubilación ocupan un lugar relevante, en tanto otorgaba un lugar en la sociedad, un grupo de pertenencia, la organización de una rutina en la vida cotidiana. Algunos adultos mayores transitan ese momento como una oportunidad para realizar actividades postergadas, y otros lo viven como una profunda pérdida, como la falta de un lugar de referencia, en el que tienen que reorganizar la vida y asumir nuevos roles. En muchos casos, las actividades profesionales dan un sentido a la vida, y esa estabilidad puede verse perturbada con la finalización de dichas tareas.
Esos cambios, vividos como una ruptura de cierta homeostasis pueden conducir a un pedido de ayuda profesional. Cada cambio puede ser leído desde la perspectiva de lo que se perdió, de lo que era y ya no es, quedándose aferrados a ese período de la vida; o bien, puede abrir la posibilidad de dar lugar a algo nuevo.
La vejez y la época actual
La pandemia del COVID-19 afectó principalmente a los adultos mayores, tuvo un fuerte impacto en las subjetividades y una alteración importante en los vínculos y en la noción de temporalidad: muchos adultos mayores señalaban que un año en su vida equivalía a mucho más tiempo que un año en la vida de un joven. De esta manera se pone en juego la experiencia del tiempo, la sensación de finitud y la percepción de aquello que se pierde.
La época actual nos sitúa en la prevalencia del discurso capitalista al cual Lacan hace referencia en la conferencia en Milán, en 1972[3]. La producción de objetos ofrecidos para gozar se multiplica y está al servicio de las leyes del mercado: dietas, aparatos tecnológicos, implantes, cirugías, todo ofrecido para ser consumido. El amo capitalista produce siempre más y más objetos. “Más objetos para taponar la división subjetiva… pero no funciona!”[4]. Podemos leer que la oferta exhaustiva, ilimitada de objetos esconde la voracidad del superyó y empuja a obtener siempre un poco más.
En esta línea, los adultos mayores constituyen una nueva perspectiva para el mercado y no quedan por fuera de la exigencia de consumo: alimentos, productos para la incontinencia, cosméticos “anti age”, prótesis, etc.
Una perspectiva que resulta interesante es no enmarcar las actividades propuestas como un empuje a seguir produciendo, en sintonía con la lógica capitalista que, por cierto, trae aparejado cierto aburrimiento, que se advierte con frecuencia en los adolescentes. Se trata, más bien, de propiciar una posición que permita una mayor conexión con el deseo: adultos mayores causados, en relación a una posición deseante.
Desde esta perspectiva, las actividades en talleres o los encuentros con pares constituyen espacios interesantes que favorecen el lazo y la consolidación de un lugar de pertenencia. En este punto hay que destacar que la identificación con los pares y el lazo con otros es muy importante, pero no debe diluir la singularidad, preservando en los grupos las diferencias de cada quien.
Así, la vejez nos sitúa en una coyuntura de cambios que puede constituir la ocasión para hacer algo nuevo. La capacidad creativa no se apaga en la vejez; por el contrario, en muchos casos es el momento de concretar algunos proyectos que quedaron pendientes a lo largo de la vida.
Si bien puede producirse cierta declinación en las funciones cognitivas, cambios en el cuerpo y en la capacidad física, ello no implica una afectación de la vitalidad respecto de la posición subjetiva, el deseo y la capacidad creadora. Un analista preserva ese respeto absoluto por la singularidad, y en ese punto el psicoanálisis es una práctica que vivifica, permitiendo una conexión con el deseo.
Para finalizar
Destaco una cita del poeta brasilero Carlos Drummond de Andrade a la que hace referencia Bernadino Horne: “Si procuramos bien, acabaremos encontrando, no la explicación (dudosa) de la vida, sino la poesía (inexplicable) de la vida”[5].
En esta vía, para finalizar, retomo las palabras de Carlos Gorostiza -gran dramaturgo y novelista argentino- quien, en la entrega de los Premios Florencio Sánchez de 2014, cuando recibió el galardón a la Trayectoria y se recordó que tenía 94 años, respondió con humor: “Podrían ser 49, porque todo depende del lugar desde donde se mire”. Preciosa enseñanza, que pone de relevancia que la potencia del deseo resiste al paso del tiempo, encontrando así en la vejez aquello que no envejece.
Referencias bibliográficas
. Brousse, M.H. (2012) “I can’t get no satisfaction. Una interpretación de los Rolling Stones a la luz del psicoanálisis”. En: El Superyó: del Ideal hacia el objeto. Córdoba. Colección Grulla, pp. 9-16
. De Beauvoir, S, La vejez. Ed. Sudamericana. 1980.
. Freud, S. (1915). “Duelo y Melancolía”. En: Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1995, XIV.
. Freud, S. (1926). “Reflexiones sobre la vejez”. Entrevista de Gaceta en Psiquiatría Universitaria.
. Horne, B., (2025). Envejecer: el duelo por sí mismo. Buenos Aires: Grama ediciones. 2025
. Lacan, J. (1962-63). El seminario. Libro 10: La angustia. Buenos Aires: Paidós, 2006.
. Lacan, J. (1972) “Del discurso psicoanalítico”. En: Lacan in Italia 1953-1978. La Salamandra, Milán, 1978.
. Miller, J. A. (1987). “No hay clínica sin ética”. En: Matemas I. Buenos Aires: Manantial. 1987, p.p.122-131.
. Organización Mundial de la Salud, https://www.who.int/es/initiatives/decade-of-healthy-ageing
. Organización Mundial de la Salud, https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/ageing-and-health
. Valcarce, L. (2015). “La ética del psicoanálisis”. En: Las presentaciones de enfermos en Lacan. Buenos Aires. Grama.
[1] Horne, B. Envejecer: el duelo por sí mismo, p.8
[2] Organización Mundial de la Salud, https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/ageing-and-health
[3] Lacan, J., “Del discurso psicoanalítico”. En: Lacan in Italia 1953-1978.
[4] Brousse, M.H, “I can’t get no satisfaction. Una interpretación de los Rolling Stones a la luz del psicoanálisis”, p.12.
[5] Horne, B. Envejecer…. op.cit, p.14




