De los cambios biológicos a la inscripción subjetiva del cuerpo: un enfoque biopsicosocial

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La adolescencia implica profundas transformaciones corporales y psíquicas, marcadas por la irrupción de la pubertad y la reorganización neuroendocrina. Estos cambios generan una nueva imagen corporal que requiere un complejo trabajo de simbolización para integrar el erotismo genital y asumir una identidad sexuada. El desarrollo cerebral, en particular de la corteza prefrontal, es fundamental para la regulación emocional y conductual durante esta etapa, aunque se completa tardíamente, lo que explica la frecuente impulsividad adolescente. Paralelamente, la construcción de la identidad se ve influenciada por el contexto socio-cultural contemporáneo, especialmente por las redes sociales, que funcionan como espejos virtuales que tensionan la relación entre la imagen corporal real y la identidad digital idealizada.

Esta dinámica puede dificultar la elaboración psíquica necesaria para adaptarse a los cambios corporales y sociales propios de la adolescencia. Además, el debilitamiento del lazo social presencial y la prevalencia de discursos líquidos y consumistas promueven formas de subjetivación que obstaculizan el desarrollo de un cuerpo deseante y habitado. Por ello, resulta esencial recuperar espacios de encuentro y acompañamiento que favorezcan la simbolización, la integración identitaria y el sostén emocional en este tránsito hacia la adultez.

1.    Introducción

El advenimiento de la pubertad se refleja en la experimentación de numerosas transformaciones corporales. El cuerpo púber, como consecuencia de la reorganización pulsional, ahora involucra un nuevo modo de sexualidad: la genitalidad. El erotismo genital se impone sobre un cuerpo que aún no cuenta con el soporte psíquico que sostenga los nuevos mecanismos de goce, por lo tanto, el soma se convierte en un lugar de experiencias desconocidas, de sensaciones de extrañeza y de no reconocimiento.

Los abruptos y sorprendentes cambios corporales, en términos de desarrollo de los caracteres sexuales primarios y la manifestación de los secundarios, que intervienen en la irrupción del erotismo genital, desorganizan la imagen corporal, es decir que la corporalidad se ve trastocada en tanto que se rompen las ligaduras construidas hasta entonces que organizaban un cuerpo en el psiquismo y regulaban el intercambio corporal con el ambiente.

La evidente brusquedad y torpeza que irrumpe en la pubertad son la evidencia de la descoordinación producto del desconocimiento del nuevo cuerpo, la biología se impone y exige un trabajo psíquico que le demanda al adolescente el uso de todos sus recursos subjetivos y neurocognitivos para simbolizar e inscribir la nueva imagen corporal que le permitirá la inserción en la cultura.

El rearmado de la unidad corporal, a partir de la asunción de una nueva imagen, se configura como resultado de un recambio identificatorio.  Este proceso es estimulado por el reflejo que ya no proviene solo del espejo tradicional, sino de las pantallas, las selfies y la mirada de los otros, mediada por los "likes" y los rostros modificados mediante filtros e inteligencia artificial.

Si bien la irrupción de la pubertad se inicia en lo biológico, a partir de transformaciones internas y externas de base neuroendocrina, también requiere de un trabajo psíquico sostenido de simbolización, siempre mediado por el discurso epocal, que permita la inscripción de este nuevo cuerpo. En la actualidad, dicho discurso, se encuentra fuertemente influenciado por las tecnologías de la información y la comunicación (TICs), especialmente por las redes sociales, que habilitan la construcción de una identidad virtual y la asunción de una imagen corporal unificada, muchas veces disociada de las vivencias corporales en la vida real.

En esta presentación, se analizan los cambios biológicos que se producen en el cuerpo durante la adolescencia, el trabajo psíquico de duelar el cuerpo de la infancia junto con el rearmado identitario de la nueva imagen y el impacto de las redes sociales en este proceso.

 2.    El cuerpo: Neurodesarrollo, pubertad e imagen corporal 

La inmadurez adolescente (Winnicott, 1971) está profundamente vinculada al proceso de maduración cerebral. Durante esta etapa de la vida, se produce un crecimiento exponencial de las conexiones neuronales entre las distintas áreas del cerebro, lo que refleja la intensidad de los procesos de reorganización. Este fenómeno evidencia que la adolescencia constituye la segunda gran ventana del desarrollo, después de la primera infancia, para favorecer la construcción de sujetos saludables, autónomos y con una sólida capacidad de adaptación al entorno. De esta forma, la conformación de la nueva imagen corporal, en la que se integra el erotismo genital, estará determinada por una compleja articulación de factores intrapsíquicos, intersubjetivos y neurobiológicos.

El desarrollo o maduración adolescente resulta de la interacción de elementos corporales (genéticos, hormonales, neuronales) y ambientales. La corteza prefrontal, responsable de las funciones ejecutivas tales como la toma de decisiones, la gestión de los impulsos, la previsión y la planificación de eventos, entre otras cuestiones, continúa su desarrollo hasta bien entrada la juventud.  De esta manera, el control de la impulsividad y la regulación corporal son habilidades que se construyen progresivamente en el trayecto del crecimiento, apuntaladas en un ambiente que provea los recursos necesarios para que la persona adolescente pueda introyectar los mecanismos regulatorios que habiliten el ingreso a la cultura extrafamiliar.

Por otro lado, estudios recientes (Holm, et.al. 2023) dan cuenta de que la maduración cerebral está estrechamente relacionada con el avance puberal. En este sentido, la pubertad constituye un proceso biológico, de base neuroendocrina, que involucra una serie de transformaciones internas y externas entre las que se destaca la activación del aparato reproductor -hasta entonces inactivo- y la estimulación del desarrollo del sistema nervioso central.

Durante la pubertad tiene lugar una reorganización cerebral profunda, la última en el ciclo vital, que impacta de forma significativa en la conducta, las emociones, los procesos de pensamiento y, en consecuencia, en los vínculos interpersonales, en especial, los sexoafectivos. El aumento de los niveles hormonales impulsa los cambios en los caracteres sexuales primarios, lo que, en una segunda etapa, conduce al desarrollo de los caracteres sexuales secundarios (crecimiento de los genitales, mamas, vello, cambio de voz, entre otros). Estos procesos transforman la corporalidad y exigen del sujeto adolescente un importante esfuerzo de adaptación.

Si bien la sexualidad humana no puede reducirse a la genitalidad -ya que constituye un fenómeno complejo de naturaleza psíquica, biológica, simbólica, cultural y vincular-, el desarrollo puberal representa su base biológica y marca un punto de inflexión en la reorganización del aparato psíquico en torno a la genitalidad. Este proceso implica la necesidad de una regulación del goce genital, mediada por la inscripción de la posición sexuada (Cryan, Giménez, Sánchez y Roitman, 2024), la cual estará determinada por las posibilidades neurobiológicas de cada adolescente en cuanto a la capacidad de regulación de los impulsos.

Durante la adolescencia, el desarrollo cerebral se caracteriza por tres procesos clave: la sinaptogénesis masiva, la poda sináptica y la mielinización de la corteza prefrontal (National Institute of Mental Health, 2025). En primer lugar, se produce un aumento significativo en la densidad de sinapsis, especialmente en la región prefrontal, como resultado de un nuevo aluvión sináptico; este exceso inicial de conexiones se reduce progresivamente en función de la adaptación al entorno, fortaleciendo aquellas redes neuronales que resultan funcionales para la interacción con el contexto. La poda sináptica, por su parte, ocurre en función de la experiencia: se consolidan las conexiones vinculadas a aprendizajes significativos y se eliminan aquellas que no resultan útiles, optimizando así la eficiencia del sistema nervioso. Finalmente, la mielinización de la corteza prefrontal incrementa la velocidad de transmisión de los impulsos nerviosos, lo que favorece una mayor coordinación entre áreas cerebrales y una mejor regulación de los impulsos, permitiendo respuestas más rápidas y adaptativas frente a las demandas del ambiente. De esta manera, el afianzamiento de los circuitos que regulan las funciones ejecutivas permite una mejor integración entre lo racional y lo emocional.

Con relación a la neurotransmisión, son tres los neurotransmisores que adquieren un papel central durante la adolescencia (UNICEF, 2021) y que constituyen parte del sustento biológico de muchas de las conductas características de esta etapa. La adolescencia es el momento de mayor sensibilidad neurológica a la dopamina, neurotransmisor clave en la activación de los circuitos de gratificación; esta sensibilidad potencia el aprendizaje basado en modelos de recompensa, incrementando la reactividad ante el éxito y el fracaso. La oxitocina, que también actúa como neurotransmisor, cumple un rol fundamental en la promoción de los vínculos sociales; en conjunto con la dopamina, asocia las interacciones sociales con sensaciones de gratificación, lo que favorece el lazo social y el funcionamiento grupal. Por último, la serotonina, otro neurotransmisor relevante, puede presentarse de manera desregulada durante esta etapa, lo que contribuye a la inestabilidad emocional y a los cambios de humor bruscos que suelen observarse en la adolescencia.

No obstante, se produce un desacople entre los cambios hormonales y el desarrollo cognitivo dado que el empuje genital irrumpe antes de que el sistema neurológico haya alcanzado la madurez necesaria para modular los impulsos. Mientras que la activación genital se inicia con la pubertad, el desarrollo neurológico -especialmente en áreas como la corteza prefrontal, encargada de la autorregulación y el control inhibitorio- se completa recién hacia los 20 años. En este sentido, aunque el o la adolescente pueda comprender cognitivamente que ciertos actos no le resultan convenientes, muchas veces no logra controlar el impulso de llevarlos a cabo ya que esa capacidad de autorregulación aún se encuentra en proceso de construcción. Del mismo modo, la nueva imagen corporal se construye tardíamente con relación a los cambios corporales suscitados a partir de la pubertad.

La experiencia constituye un factor fundamental para la estimulación del desarrollo cerebral, lo que explica por qué pueden observarse adolescentes de edades similares con niveles de desarrollo cognitivo dispares. La interacción entre el sujeto y su ambiente resulta determinante ya que es a través de las experiencias significativas que se consolidan las conexiones neuronales que perdurarán a lo largo de la vida, favoreciendo una mayor capacidad adaptativa y el acceso a formas de pensamiento más complejas, como las lógicas formales (Piaget, 1985). En este sentido, el entorno debe funcionar como facilitador de experiencias enriquecedoras que potencien el desarrollo de las funciones ejecutivas promoviendo la integración de los procesos biopsicosociales necesarios para una adecuada adaptación al mundo adulto durante la juventud.

De este modo, el empuje puberal de base hormonal, junto con el desarrollo neurológico vinculado a la reorganización de los circuitos sinápticos, constituye el sustrato biológico que contribuye a la construcción de la nueva imagen corporal. El correlato intersubjetivo de este proceso se despliega en el encuentro con el grupo de pares, donde el lazo social habilita la inscripción intrapsíquica de un cuerpo atravesado por la genitalidad y significado por la experiencia compartida.

 3.     El cuerpo desde el psicoanálisis

Los cambios neurobiológicos que acompañan el despertar de la adolescencia imponen al sujeto un arduo camino que apunta a una reinscripción corporal en términos identitarios. Este trabajo comporta una metamorfosis (Freud 1905) que irrumpirá de manera disruptiva, disarmónica y descontrolada, provocando en el sujeto sensaciones de fragmentación y angustia propias de la reedición del pasaje por el autoerotismo (Freud,1914).

La angustia emerge como un fenómeno de borde (Lacan, 1963) frente al inminente y necesario trabajo de duelo por el cuerpo infantil (Aberastury y Knobel, 1971), condición indispensable para liberar la libido que permitirá investir la nueva imagen corporal. Algo debe aflojarse para que el trabajo de duelo se ponga en marcha: la pérdida opera como un trampolín que habilita el rearmado del cuerpo que primó en la infancia y que ante el advenimiento de los cambios se percibe como extraño, impropio, ominoso. En simultáneo, la irrupción del erotismo genital interroga el campo de las identificaciones que hasta entonces otorgaban identidad.

En este contexto, la reinscripción subjetiva propia del tiempo lógico de la adolescencia (Freud, 1896) desestabiliza los lugares conocidos, tanto en relación con el cuerpo como imagen como con el cuerpo como objeto, de acuerdo con las coordenadas simbólicas que impone el discurso social contemporáneo. En otros términos, el pasaje de la trama familiar a la trama social requiere un proceso de elaboración, sabiendo que toda trama se encuentra estructurada por el discurso que la atraviesa, la cual inscribe marcas singulares en las adolescencias, configurando formas específicas de subjetivación.

Ante la caída abrupta de las identificaciones constitutivas, el sujeto adolescente se ve empujado a encontrar un nuevo lugar desde donde rearmarse. En este proceso, el entramado discursivo y afectivo que se configura en el lazo con los pares ofrece un espacio privilegiado: allí se habilita la posibilidad de mirarse, sostenerse y resignificarse. Esa red -a la vez contenedora y portadora de contenido- solía estar sostenida por un discurso con cierta solidez (Lewkowicz, 2023) que habilitaba al sujeto a “ser”, a construirse sobre cimientos firmes en los cuales existía un otro social con quien confrontar (Winnicott 1971), en quien mirarse, con quién hablar, armar lazo social como clave donde sostener el crecimiento. Otro adulto capaz de ofrecer palabras, marcar límites y delimitar funciones y roles, condiciones necesarias para posibilitar la desidentificación y la posterior reinscripción subjetiva.

A partir del comienzo de la era del vacío (Lipovetsky, 1983), de la modernidad líquida (Bauman, 2005) y de la era éterea (Benyakar, 2024) comienza a predominar una  fluidez en la cual el discurso del sujeto se inscribe en el discurso del mercado y/o en el de la virtualidad, priorizando la imagen por sobre la palabra, el autoerotismo (encierro narcisista) por sobre el lazo social, y la obturación de todo aquello que es inherente a lo humano, la falta y que promulga la desmentida de la castración. Estas condiciones implican que la existencia ya no aparece garantizada: los vínculos se encuentran profundamente devaluados. El cuerpo se presenta como superfluo, dejando a la adolescencia expuesta a espejos virtuales -ideales, imaginarios e inalcanzables- que, lejos de sostener, engañan. La existencia es una producción subjetiva que solo se torna posible en el lazo con el semejante; la subjetividad contemporánea se está configurando a partir de una condición fundante: la devastación (Lewkowicz, 2023). Una perspectiva alarmante si se considera que la adolescencia, como tiempo lógico y subjetivo, requiere del encuentro colectivo como condición indispensable para su constitución y elaboración. Retomando lo propuesto por Freud (1921) en Psicología de las masas y análisis del yo, en tanto toda psicología individual es, en principio, social, cabe preguntarse: ¿cómo incide el discurso actual en la reconstrucción del cuerpo, en el lazo social y en el impacto de las nuevas tecnologías? La fluidez predominante atenta contra el sujeto deseante, desdibujando las coordenadas simbólicas que sostienen su constitución. En el plano imaginario, especular del yo, las redes sociales operan como nuevos espejos que devuelven la exigencia de un cuerpo ajustado a un ideal de completud incompatible con la condición deseante del sujeto del inconsciente. Este ideal, sostenido por prótesis con valor de mercado, promueve un goce que excede el principio de placer, instalando una lógica de consumo sin límite.

Desde esta perspectiva, el lazo social tiende a reducirse al lazo virtual, generando identificaciones líquidas, lábiles, sin anclaje en la palabra ni en la alteridad encarnada. Esto deriva en un trabajo de duelo truncado, fijado en un primer tiempo negador de la realidad, que obstaculiza el tránsito hacia un crecimiento subjetivo “suficientemente bueno”, parafraseando a Winnicott.

 4.    Impacto de las redes sociales en la imagen corporal 

El trabajo psíquico de construcción de una nueva imagen corporal que surge a partir de los cambios neuroendócrinos mencionados, actualmente se ve influenciado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Los nuevos inventos tecnológicos y cibernéticos están llevando al ser humano no sólo a transformarse sino también a mutarse a sí mismo en lo que se denomina homo ciberneticus, lo cual implica el despliegue de su subjetividad en una era etérea (Benyakar, 2024). En este sentido, las redes sociales (plataformas digitales que conectan entre sí a personas con intereses, actividades o relaciones en común) constituyen un espacio privilegiado para la inauguración de nuevos espejos, para la búsqueda del sí mismo y de una nueva identidad en la adolescencia, ya que permiten ensayar distintas formas de ser, de actuar, de presentarse, de mostrarse, que serán prioritarias en la asunción de la nueva imagen corporal y la pertenencia a grupos de pares que faciliten la salida exogámica (Cryan, 2019).

En las redes sociales, los y las adolescentes suelen construir una apariencia aceptable, ya que intentan transmitir una imagen deseable desde la apariencia física, destacan sus habilidades para socializar, demuestran sus talentos y buscan causar la mejor repercusión social (Cantor Silva, Pérez Suarez y Carrillo Sierra, 2018). Esto les permite ir armando su identidad, posicionada entre la dialéctica del ser real y el ser ideal que se exhibe en las plataformas (Díaz Gandasegui, 2011) a partir de la construcción de una identidad ficticia (Zampieri, 2016) o prefabricada (Gardner y Davis, 2014). Esta identidad digital (Ruiz Corbella y De Juanas Oliva, 2013) es producto de la habilidad de gestionar con éxito la propia visibilidad a partir de la actividad propia y de la reputación obtenida de los otros virtuales (Cryan y Pena, 2021). 

En este contexto, la imagen cobra especial importancia, especialmente en formato selfie: una fotografía propia en la que uno mismo deviene en imagen. Si bien en la publicación de selfies hay características comunes como determinadas poses y/o gestos y escenarios, cada uno elige cómo mostrar su self en un intento de ir rearmando ese cuerpo atravesado por cambios biológicos y psíquicos y esa imagen corporal influenciada por ciertos estereotipos de belleza. Estos últimos tienden a estar representados en las variables de juventud y éxito, por lo cual el cuerpo se vuelve el significante por excelencia, ya que participa de un mecanismo de codificación donde la belleza es el referente último alrededor del cual se busca la significación (Murolo, 2015). De esta manera, algunos/as adolescentes construyen una imagen corporal incoherente, ya que su percepción toma como referencia la información mostrada en redes sociales en las que se simula la perfección (Escribens Medrano y Yrigoyen Alarco, 2023). A través de filtros y/o programas digitales que permiten mejorar las fotos, diseñan una imagen corporal que no condice con la realidad pero que permite mostrar un cuerpo unificado, rearmado, integrado, con el fin de ser aceptado y reconocido por los otros virtuales, evitando lo que consideran imperfecciones y/o defectos, modificándolos u ocultándose detrás del dispositivo.

En este proceso de reinscripción subjetiva en el que se requiere simbolizar esa nueva imagen corporal, adquiere un rol preponderante la mirada y aceptación del grupo de pares quienes interactúan a partir de reacciones como likes, emojis y/o comentarios que avalan o ignoran lo publicado. En relación con esto, resulta interesante destacar el planteo de Nasio (2008) quien señala que la mirada exterior procedente de los otros reconoce o rechaza, pero siempre influye en la imagen de uno mismo, mientras que la propia mirada interior se traduce como una conciencia moral que “me halaga o me critica, me elogia o me condena”. La mirada, ya sea interior o exterior, continúa siendo el principal agente formador de la imagen de uno mismo.

5.    Conclusiones

El recorrido conceptual realizado acerca de los principales cambios en el cuerpo y de la inscripción de la nueva imagen corporal en la adolescencia se basa en un enfoque transversal, en el que se articulan aportes de las neurociencias y el psicoanálisis desde el discurso actual que implica el atravesamiento de la virtualidad. 

Silvia Bleichmar (1994) ya había señalado la importancia de articular la perspectiva psicoanalítica con los aportes de las neurociencias para comprender los procesos implicados en la constitución del cuerpo erógeno, atravesado por el erotismo genital. En este marco, distingue tres modalidades del cuerpo que no se integran linealmente, sino que conforman un sistema complejo, en constante tensión y articulación: el cuerpo somático, vinculado a lo orgánico y regido por las leyes biológicas; el cuerpo erógeno, que emerge de la sexualización originaria a partir del vínculo con el semejante; y el cuerpo representacional, construido narcisísticamente como imagen de sí en el lazo con el otro.

Estas modalidades corporales pueden ser enriquecidas a partir de los avances teóricos y científicos que se han desarrollado en las últimas décadas, que nos muestran cómo el cuerpo adolescente se conmueve ante los cambios biológicos (cuerpo somático), el advenimiento de la genitalidad (cuerpo erógeno) y el impacto de las redes sociales (cuerpo representacional).

En este sentido, desde lo orgánico, la maduración del sistema nervioso central, especialmente de la corteza prefrontal, implica un progresivo afianzamiento de las funciones ejecutivas necesarias para la autorregulación. Desde la sexualidad, entendida en términos de un lazo amoroso con el semejante, se impone esta regulación dado que de otra forma no habría encuentro posible. La irrupción de la genitalidad en el propio cuerpo exige un control autoerótico que permita la regulación del goce atravesado por la represión -posición sexuada-. Las tecnologías de la información y la comunicación operan a través de las redes sociales como nuevos espejos donde se despliega la constitución de la identidad visual sostenida por ideales de completud inalcanzables. De esta manera, las plataformas instalan exigencias de belleza virtuales que generan una tensión con la imagen corporal real, lo cual dificulta la inscripción subjetiva del nuevo cuerpo.

Por lo tanto, es absolutamente necesario pensar en un enfoque biopsicosocial para comprender la dinámica que implica la elaboración de este trabajo psíquico. A partir del debilitamiento del lazo social presencial y de la prevalencia de discursos líquidos y consumistas se promueven formas de subjetivación que obstaculizan el desarrollo de un cuerpo deseante y habitado. Por ello, resulta esencial recuperar espacios de encuentro y acompañamiento que favorezcan la simbolización, la integración identitaria y el sostén emocional en este tránsito hacia la adultez.

 

Bibliografía

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