La huella de los otros: por qué las emociones nunca son sólo nuestras

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Las emociones suelen concebirse como experiencias individuales, pero diversas corrientes psicológicas han destacado la importancia de su dimensión social. A través de diversos autores este artículo examina cómo la expresión y el significado de las emociones dependen de la presencia o los vínculos con los otros, y de los contextos históricos y culturales. Desde la infancia hasta la vida colectiva, las emociones aparecen como un punto de encuentro entre el cuerpo, la subjetividad y la sociedad, cuestionando las explicaciones puramente biológicas o individuales del sentir humano.

Emociones: entre la reacción individual y el vínculo colectivo

La emoción es un tema presente en distintas instancias de la formación del psicólogo. Se la considera un proceso psicológico básico, una dimensión central de la afectividad, y como un puente entre lo psíquico y lo corporal. Ante todo, las emociones son algo que sentimos y forman parte de nuestra experiencia humana.

Vamos al cine y reímos con el resto del público, incluso cuando el chiste no resulta tan gracioso. En un partido de fútbol, un gol nos lleva a gritar, llorar y abrazarnos con desconocidos. Un niño llora y, al mirar a su cuidador, puede calmarse o intensificar su llanto. Estas escenas cotidianas muestran que las emociones no ocurren en aislamiento.

Desde distintas disciplinas y teorías, las emociones han sido definidas como fenómenos que emergen en el individuo y se expresan mediante cambios corporales y conductuales. Sin embargo, incluso quienes enfatizaron esta dimensión orgánica, reconocieron su carácter social. Las emociones no son sólo reacciones fisiológicas: están profundamente ligadas al vínculo con otros. Podemos compartir una emoción después de sentirla, emocionarnos más intensamente por estar acompañados, o incluso experimentar emociones que dependen de la presencia ajena para que estas se manifiesten.

En este trabajo abordaremos diferentes teorías de la emoción, y particularmente, cómo lo social interviene en nuestro modo de sentirlas y expresarlas.

¿Desde cuándo tenemos emociones?

En su libro “La expresión de las emociones en el hombre y en los animales” (1872), el naturalista Charles Darwin argumentó como ciertas expresiones son compartidas entre los humanos y otras especies. Con la teoría de la evolución en mente, su conclusión central fue que estos “movimientos expresivos” forman parte de una herencia que trascendió miles de años hasta consolidarse en nuestro instinto. Por ejemplo, nuestra postura corporal y expresión facial cuando estamos furiosos, son el resultado de un proceso de selección natural para actuar y expresarnos oportunamente como una amenaza: posición firme, puños cerrados, y colmillos visibles. Pero en este largo proceso evolutivo, hubo ciertas expresiones que se integraron más tarde que otras, entre ellas, el rubor del rostro en la vergüenza. Darwin (1872) caracteriza esta emoción como una de las emociones más recientes e inherentemente humanas, razón por la cual no ha podido registrarla en el reino animal, salvo en algunos primates.

Siguiendo esta idea años más tarde, fue William James quien consolidó el hecho de que nuestra conciencia como tal está inherentemente relacionada con el mundo. El ambiente humano no es la naturaleza, sino un orden social, en donde la figura del prójimo actúa como un factor determinante en la expresión de nuestras emociones, sea la vergüenza, la alegría, el miedo, o la ira (JAMES, 1884). ¿Qué escenarios nos dan vergüenza? ¿Cuándo nos sentimos nerviosos o excitados? Según James, es la figura del prójimo y la conciencia de su mirada puesta sobre nosotros aquello que nos sensibiliza a sentir emociones de manera más organizada. Si examinamos las situaciones que pueden generar vergüenza, como la desnudez o la torpeza, nos damos cuenta de que esta emoción no se genera si no hay un espectador. La hipótesis filogenética, de este modo, asocia la emoción a la expresión corporal como una acción adaptativa, pero no dejando de lado que el medio al cual nos adaptamos es uno social y colectivo.

Tensiones entre lo natural y lo aprendido

Desde el campo de la psicología del desarrollo, Henri Wallon realizó un abordaje de las emociones en la infancia, interrogando la función que estas cumplen en el desarrollo humano. En “Los orígenes del carácter en el niño” (1934) ubicó diferentes recursos de acción que aparecen en la etapa infantil. Según este autor, previa a la capacidad representativa, el niño posee un amplio repertorio de emociones que le permiten actuar y reaccionar ante determinadas situaciones. Dicho de otro modo, antes de la vida intelectual aparece la vida emocional. Es una etapa crítica del desarrollo, donde aún no se dispone del lenguaje necesario para una articulación completa y se debe recurrir a otras instancias para resolver problemas. Por eso los arrebatos emocionales son tan comunes durante la infancia: un niño juega con clasificadores de formas y, al ver que sus intentos no tienen éxito, arroja la pieza y grita con frustración.

Pero sería ingenuo asumir que la emoción actúa sólo como una descarga. Es sabido que el niño adquiere progresivamente la distinción psíquica entre el yo y el no-yo. Su despliegue emocional obedece no sólo a una regulación interna, sino también a una “sensibilidad ambiente”. Al ver que su estado emotivo no tiene testigos además de sí mismo, el niño sale rápidamente de este estado (WALLON, 1934). En muchas oportunidades, los niños aguardan la actitud de sus guardianes para expresarse. Se caen, nos miran y, al vernos consternados o preocupados, proceden a llorar. Según este autor, de no encontrar reacciones similares o recíprocas en el otro, la emoción se extingue. Pero del mismo modo, posee una gran fuerza de contagio (WALLON, 1934). En un jardín infantil, cuando un niño llora y otros lo escuchan, éstos proceden a llorar también. ¿Por qué en presencia de otros la emoción aparece con más facilidad e intensidad? ¿Por qué debe esperar a que el otro sienta lo mismo para expresarse? Resulta curioso que, en la misma etapa en que construimos la noción de otredad, aparezca la emoción como un recurso primario, como si ante todo el otro fuera aquel con quien compartimos lo que sentimos. Así, podría decirse que la construcción del no-yo comienza con la emotividad compartida.

Otro referente de importancia que abordó la relevancia de lo afectivo en la infancia fue Lev Vigotsky, quien también fue un fuerte crítico de la psicología en general. La visión del psicólogo bielorruso estuvo atravesada por la importancia de lo cultural en el desarrollo humano, entendido como el marco por excelencia en el que se desarrolla la actividad humana, haciendo de la “situación social del desarrollo” una noción central. En su obra póstuma “Teoría de las emociones: estudio histórico-psicológico” (2004), observó que la psicología tradicional planteaba una separación artificial entre pensamiento y sentimiento. Más adelante, la disciplina mantuvo dos perspectivas que aislaron las emociones de otros procesos: o se estudiaba sólo su dimensión biológica, separándolas de lo psíquico, o se las incorporaba a la vida psíquica, pero desligándolas de la cognición. De cualquier manera, esto condujo a un aislamiento del propio sujeto, considerado como un ente interno y autónomo. Las falsas dicotomías entre mente y cuerpo, individuo y sociedad, o biología e historia constituyeron errores metodológicos significativos de la psicología tradicional (DEL CUETO, 2015). Siguiendo a Spinoza, Vigotsky comprendía que la emoción organiza nuestras motivaciones, lo que permite comprender el fuerte vínculo entre la emoción y la acción; no obstante, se resistía a las explicaciones mecanicistas o fisiológicas de las emociones, ya que se fundamentaban en una perspectiva que él consideraba antihistoricista y descontextualizada (VIGOTSKY, 2004). Según su argumento, las emociones poseen una historia y una transformación a lo largo de ella, mediatizada precisamente por la “situación social del desarrollo”. Nuestras emociones dependen necesariamente de este contexto: sin injusticia no hay indignación, sin logros no hay orgullo, y sin humillación no existe ni el resentimiento ni la vergüenza. Las emociones expresan una determinada relación entre el sujeto y su situación social.

Si ponemos el foco en lo observable, puntualmente en la conducta, también encontramos esta incidencia del medio social. Desde John Watson a Burrhus Skinner, la corriente conductista reconoce la sociedad como el medio que más condiciona nuestras formas de reaccionar (COLLIN y otros, 2012), máxima que se sostiene con las emociones, o mejor dicho, las conductas emocionales.
Prescindiendo de conceptos como conciencia o pensamiento, el conductismo abordó las emociones como modos de conducta. Reir, llorar o pelear son conductas íntimamente asociadas a ciertos estímulos, aunque según Skinner (1953) suponer que detrás de ellas haya una emoción como un estado mental hipotético sería un error. Ver llorar a una persona y asumir que está triste, es igual de veraz que verla comer y asumir que tiene hambre. Según este autor la conducta, como fenómeno general, es el resultado de la historia del organismo, que tiene dos caras: la historia genética, la herencia de instintos y reflejos (abordada desde la mirada filogenética, como en Darwin); y la historia singular del desarrollo de cada individuo, mediada por los condicionamientos que éste transitó en su vida (SKINNER, 1953). Por lo tanto, asumir que las emociones son el resultado de solo una de estas dimensiones, sería una lectura reduccionista. Llorar es una respuesta instintiva, pero la probabilidad de que se manifieste esta respuesta depende también de las múltiples instancias de condicionamiento, por ejemplo, si la persona fue contenida o sancionada por alguien ante esta conducta.

Las emociones vistas desde las ciencias sociales

De acuerdo con Bolaños Florido (2016), la ruptura con las falsas dicotomías de la tradición positivista, en consonancia con el creciente protagonismo del psicoanálisis y las teorías cognitivas del siglo XX, posibilitaron que las emociones dejen de ser pensadas como un fenómeno caracterizado por respuestas fisiológicas, a ser enmarcadas en dinámicas sociales.

Las ciencias sociales como la sociología y la antropología analizaron ritos colectivos de manifestación de emociones, tales como las festividades o los cortejos fúnebres; en dichos escenarios las emociones se manifiestan de una manera no espontánea, e incluso con una obligación absoluta (BOLAÑOS FLORIDO, 2016). Esto se presentaría como un argumento a favor de la premisa de que, si bien las emociones son fenómenos psicológicos y orgánicos del individuo, nunca aparecen al margen del condicionamiento social e histórico. Las representaciones sociales sobre las emociones que poseen los miembros de una sociedad alteran significativamente su expresión, incluso aquellas que parezcan más arcaicas y esenciales. Ante la muerte de un ser amado, aun siendo una circunstancia transversal en todas las culturas y tiempos históricos, la tristeza y el dolor se expresan o se encubren de acuerdo a las prácticas sociales aceptadas. La autora concluye que el análisis histórico y social de los fenómenos afectivos permite visualizar el cambio de significado de la vida subjetiva en diferentes épocas (BOLAÑOS FLORIDO, 2016). En esta misma línea, podemos pensar que las teorías psicológicas incorporaron estas dimensiones de análisis ante el carácter inherentemente social e histórico de la existencia humana.

También es importante destacar que las emociones pueden interpretarse no solo como el resultado de una situación social, sino también como su causa. Dettano (2020) extiende el análisis de la cultura afectiva a la figura del cuerpo, concepto que simbólicamente es el límite entre lo individual y lo social, lo interior y lo exterior. Las maneras de ser, estar, actuar y habitar el mundo nunca son independientes de nuestro propio cuerpo, entendiendo su aspecto neurofisiológico, como también la materialidad misma de nuestro Ser. Esta autora señala que la emoción toma al cuerpo como un aliado, actuando muchas veces como la motivación de los grandes procesos socio-históricos, tales como el consumo, el trabajo, los modos de relación interpersonales, las intervenciones estatales, y las ideas que tiene una determinada población (DETTANO, 2020).

Conclusiones

En este breve recorrido de la historia de la psicología, hemos podido ver que las emociones han sido definidas de múltiples maneras. Algunas teorías las explican como respuestas orgánicas destinadas a favorecer la adaptación del organismo; otras las consideraron formas de conducta aprendidas, procesos cognitivos o expresiones de la vida afectiva. Sin embargo, más allá de sus diferencias, los autores revisados coinciden en un punto fundamental: las emociones no pueden comprenderse plenamente si se las aísla del mundo social en el que emergen. Las ciencias sociales profundizaron esta intuición al demostrar que las emociones poseen también una dimensión histórica y cultural. No sólo sentimos junto a otros, sino que aprendemos qué emociones expresar, cuándo hacerlo y de qué manera.

Las sociedades construyen sus propios criterios sobre qué es digno de orgullo, vergüenza, temor o compasión, y éstos pueden variar significativamente entre épocas y culturas. Las emociones no son simples reacciones privadas que luego compartimos, sino experiencias que adquieren sentido dentro de una comunidad, donde el vínculo con los otros es una dimensión fundamental de la subjetividad.

Quizás por eso las escenas cotidianas presentadas aquí resultan familiares y cercanas. Incluso cuando creemos sentirlas en soledad, nuestras emociones llevan la huella de los otros: los vínculos, las normas culturales, y las experiencias compartidas que nos constituyen como sujetos. Lejos de ser un fenómeno exclusivamente interior (psíquico y/o corporal), la emoción parece situarse precisamente en esa frontera, ese espacio de encuentro entre el individuo y la sociedad, entre el cuerpo y la cultura, entre lo que tenemos o sentimos, y aquello que compartimos con los demás.

Como objeto de estudio, las emociones evidencian que las miradas reduccionistas de lo psicológico no llevan a comprender la verdadera esencia de nuestra experiencia como totalidad compleja. Lo social no es una variable independiente, sino la condición original desde donde pensamos, sentimos y actuamos. Este interés transversal que está presente en diversas corrientes psicológicas parece conducir a la conclusión de que cada emoción siempre es algo más que una reacción individual. Las historias compartidas, las normas culturales, los aprendizajes, los vínculos y las miradas ajenas participan necesaria y silenciosamente en aquello que sentimos.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

  1. BOLAÑOS FLORIDO, L. P. (2016). “El estudio socio-histórico de las emociones y los sentimientos en las Ciencias Sociales del siglo XX”. En Revista de Estudios Sociales, 2016, núm. 55, enero-marzo, 178-191.
  1. COLLIN, C. y otros (2012). The psychology book: Big ideas simply explained. DK Publishing.
  1. DARWIN, C. (1872). La expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Intermundo, 1946.
  1. DEL CUETO, J. D. (2015). “Dos nociones para un enfoque no escisionista de las emociones y la afectividad: Situación social del desarrollo y vivencia en Vigotsky”. En Perspectivas en Psicología: Revista de Psicología y Ciencias Afines, 2015, vol. 12, núm. 1, 29-35.
  1. DETTANO, A. (2020). “Los estudios sociales sobre las emociones: un recorrido introductorio.” En Sociologando. Sapien research, 2020, Vol. 10 (2), 53-60.
  1. JAMES, W. (1884). “¿Qué es una emoción?”. En Estudios de Psicología, 1985, 6:21, 57-73.
  1. SKINNER, B. F. (1953). Ciencia y Conducta Humana. Fontanella, 1971.
  1. VIGOTSKY, L. (2004). Teoría de las emociones. Estudio histórico-psicológico. Akal, 2004.
  1. WALLON, H. (1934). Los orígenes del carácter en el niño. Ediciones Nueva Visión, 1975.
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