¿Qué son las crisis funcionales/disociativas y por qué deberían interesarnos?

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Las crisis funcionales/disociativas se caracterizan por ser episodios transitorios que afectan la conciencia, la percepción y el control de la conducta. Aunque son relativamente frecuentes, suelen ser poco reconocidas. En este artículo se describen sus principales características, los desafíos diagnósticos, los factores asociados a su aparición y mantenimiento, y las intervenciones terapéuticas que han demostrado utilidad para su tratamiento. 

¿Qué son las crisis funcionales/disociativas?

Las crisis funcionales/disociativas (CFD) son episodios transitorios caracterizados por alteraciones de la conciencia, la percepción y el control de la conducta (Hingray et al., 2025). Se consideran un subtipo de los trastornos neurológicos funcionales (TNF), una condición en las que las personas presentan síntomas neurológicos que no se explican por lesiones estructurales identificables, sino por una disfunción en los mecanismos que regulan este funcionamiento (Bennett et al., 2021; Hallett et al., 2022).

Una forma de comprender este fenómeno es a través de la metáfora de una computadora. Así como un dispositivo electrónico puede presentar fallas aun cuando su hardware funciona correctamente, en los TNF el cerebro conserva su integridad estructural, pero ciertos mecanismos implicados en su funcionamiento se encuentran alterados. Como consecuencia, aparecen síntomas involuntarios.

Las CFD son una condición relativamente frecuente, con una prevalencia estimada de entre 2 y 33 casos cada 100.000 habitantes (Bompaire et al., 2021). Sin embargo, suelen asociarse a importantes demoras diagnósticas. Estudios realizados en distintos países informan retrasos de varios años entre el inicio de las crisis y la obtención de un diagnóstico adecuado, con promedios que oscilan entre 5 y 8 años en los Estados Unidos e Inglaterra, cerca de 5 años en los Países Bajos y más de 11 años en la Argentina (Asadi-Pooya & Tinker, 2017; Kanemoto et al., 2017; Scévola et al., 2021). Aunque pueden aparecer a cualquier edad, suelen comenzar entre los 20 y los 30 años (Bompaire et al., 2021; Kanemoto et al., 2017; Sawchuk et al., 2020) y son más frecuentes en mujeres, con una proporción aproximada de tres a uno (Baslet et al., 2020; Ben-Naim et al., 2020; Goldstein et al., 2021; Sarudiansky et al., 2020; Valente et al., 2021).

Las manifestaciones clínicas de las CFD son variadas y, en muchos casos, pueden asemejarse a las crisis epilépticas. Algunas personas presentan movimientos involuntarios, sacudidas, rigidez corporal o episodios de inmovilidad, mientras que otras experimentan alteraciones de la conciencia, sensación de desconexión del entorno, despersonalización o desrealización. También son frecuentes síntomas físicos como mareos, palpitaciones u hormigueos. Durante las crisis pueden producirse alteraciones parciales o completas de la conciencia y, posteriormente, algunas personas refieren dificultades para recordar lo ocurrido (Asadi-Pooya, 2019; Hingray et al., 2025).

Las CFD suelen coexistir con otros problemas de salud mental. Entre un 53% y un 100% de los pacientes presenta al menos un trastorno mental comórbido (Diprose et al., 2016). Los trastornos depresivos, los trastornos de ansiedad y el trastorno por estrés postraumático son particularmente frecuentes (Popkirov et al., 2019; Walsh et al., 2018). Asimismo, una proporción importante de pacientes refiere antecedentes de experiencias traumáticas, especialmente situaciones de abuso físico o sexual (Asadi-Pooya & Bahrami, 2019; Lanzillotti et al., 2021). También se han descrito trastornos de personalidad comórbidos, principalmente de los clusters B y C (Sammarra et al., 2024). Finalmente, entre un 10% y un 30% de las personas con CFD presenta además epilepsia, lo que agrega complejidad al diagnóstico y al tratamiento (Kutlubaev et al., 2018; Liampas et al., 2021).

Asimismo, diversos estudios reportaron que la calidad de vida de las personas con esta condición es menor que controles sanos o personas con epilepsia (Gürsoy et al., 2021, Jones et al., 2016; Wolfzun et al., 2022).

Diagnóstico

Las crisis funcionales disociativas no constituyen una categoría diagnóstica independiente en los principales manuales diagnósticos. Por ejemplo, en el DSM-5-TR se incluyen dentro de los trastornos de síntomas somáticos y trastornos relacionados, y se diagnostican como Trastorno de Síntomas Neurológicos Funcionales (trastorno de conversión) (American Psychiatric Association, 2022).

El diagnóstico de las CFD representa uno de los principales desafíos clínicos, ya que sus manifestaciones clínicas son similares a una crisis epiléptica. Actualmente, el video-electroencefalograma (VEEG) es considerado el método gold-standard para confirmar el diagnóstico y diferenciar ambos tipos de crisis (Baslet et al., 2021; LaFrance et al., 2013). Este estudio combina un registro prolongado de la actividad eléctrica cerebral con una grabación en video del paciente, lo que permite analizar simultáneamente lo que ocurre a nivel conductual y cerebral durante una crisis habitual (Shih et al., 2018). De esta forma, si durante una crisis no se presenta actividad epileptiforme, existen fuertes indicios de la presencia de una CFD. Sin embargo, el diagnóstico no depende únicamente de los resultados del VEEG. La evaluación clínica y la historia del paciente también cumplen un papel fundamental. Aspectos como las características de las crisis, los antecedentes médicos, la presencia de trastornos psiquiátricos y distintas variables psicosociales aportan información relevante para lograr un diagnóstico adecuado (LaFrance et al., 2013).

A pesar de su utilidad, el acceso al VEEG continúa siendo limitado en muchas regiones del mundo, especialmente en países de ingresos bajos y medios (Hingray et al., 2018). Por este motivo, se han desarrollado diferentes estrategias clínicas destinadas a orientar el diagnóstico cuando este recurso no se encuentra disponible (LaFrance et al., 2013). Entre ellas, la observación de las características clínicas de las propias crisis es un elemento fundamental, ya que ciertas manifestaciones que son más frecuentes en las CFD que en las crisis epilépticas. Por ejemplo, las CFD suelen durar más tiempo, presentar una mayor variabilidad en los movimientos, acompañarse de vocalizaciones con contenido emocional y mostrar cierre ocular durante el episodio. Además, habitualmente ocurren durante la vigilia y presentan un curso fluctuante, con pausas o interrupciones en la actividad motora y movimientos asincrónicos. En contraste, las crisis epilépticas suelen seguir patrones más estereotipados y consistentes entre un episodio y otro (Xiang et al., 2019).

Causas de las CFD

Actualmente existe consenso en que se trata de una condición de origen multifactorial, en la que intervienen distintos factores biológicos, psicológicos y sociales (Hallett et al., 2022; Brown & Reuber, 2016).

Para poder comprender este proceso, debe pensarse en tres factores que interactúan entre sí: predisponentes, precipitantes y perpetuantes. Los factores predisponentes son aquellos que aumentan la vulnerabilidad de una persona a desarrollar CFD a lo largo de su vida. Entre ellos se encuentran determinadas experiencias adversas tempranas, especialmente situaciones de abuso físico, emocional o sexual durante la infancia (Hingray et al., 2016). También se han identificado como factores de riesgo algunos problemas de salud y experiencias de pérdida o duelo (Bodde et al., 2009; Reuber et al., 2007).

Los factores precipitantes son acontecimientos que ocurren poco antes de la aparición de las crisis y que pueden contribuir a su inicio. El estrés juega un rol importante en este proceso: la muerte de un ser querido, una separación, la pérdida del empleo, dificultades familiares o incluso cambios vitales significativos, como el nacimiento de un hijo, han sido descritas como posibles desencadenantes en algunas personas (Reuber, 2009; Rider et al., 2024; Sawant & Umate, 2021; Testa et al., 2012).

Finalmente, los factores perpetuantes son aquellos que contribuyen a que las crisis continúen en el tiempo una vez que se han iniciado. Entre ellos se encuentran los trastornos afectivos, la ansiedad, los problemas familiares persistentes, las conductas de evitación, el aislamiento social, el desempleo y distintas dificultades relacionadas con la salud física (Hingray et al., 2016; Reuber, 2009; Reuber et al., 2007).

Tratamiento

Las CFD cuentan con tratamientos específicos que pueden generar mejoras significativas. Su abordaje suele requerir el trabajo coordinado de distintos profesionales de la salud, entre ellos neurólogos, psiquiatras, psicólogos, neuropsicólogos y personal de enfermería (Gilmour et al., 2020; Lafaver et al., 2021; Kotwas et al., 2022).

Uno de los momentos más importantes del proceso terapéutico es la comunicación del diagnóstico. Habitualmente, es el neurólogo quien confirma y explica el diagnóstico al paciente, una tarea que requiere sensibilidad y planificación (Milán-Tomás et al., 2018). Una comunicación clara, empática y basada en la evidencia favorece la comprensión de la condición, la aceptación del diagnóstico y la adherencia al tratamiento (Dworetzky, 2015; Areco Pico et al., 2023; Karterud et al., 2010).

Una vez realizado el diagnóstico, el tratamiento suele continuar en el ámbito de la salud mental, mientras se mantiene el seguimiento neurológico periódico. En el área de salud mental se realiza una evaluación inicial que permite identificar las características particulares de cada caso, las comorbilidades presentes y los factores que podrían estar contribuyendo a la aparición o mantenimiento de las crisis (Milán-Tomás et al., 2018).

En los últimos años se han desarrollado diversas intervenciones psicoterapéuticas para las CFD. Entre ellas se encuentran los abordajes psicodinámicos, las intervenciones interpersonales, los programas psicoeducativos y los tratamientos grupales (Barry et al., 2008; Chen et al., 2014; Hubschmid et al., 2015; Mayor et al., 2010; Mayor et al., 2013; Russell et al., 2016; Santos et al., 2014; Sarudiansky et al., 2020). Sin embargo, la mayor cantidad de evidencia científica disponible en la actualidad corresponde a los tratamientos basados en la terapia cognitivo-conductual (Gaskell et al., 2023; Korman et al., 2024), entre ellos el CODES (Cognitive Behavioral Therapy for Dissociative Non-Epileptic Seizures) (Goldstein et al., 2020, 2022), el modelo de LaFrance (2014), la terapia de exposición prolongada (Myers et al., 2017), y la terapia basada en mindfulness (Baslet et al., 2020, 2022).

De todas formas, más allá de los tratamientos particulares, y en línea con desarrollos recientes en psicoterapia, se ha discutido la utilidad de la individualización del tratamiento por sobre la aplicación de protocolos específicos (Myers et al., 2021). Estos autores consideran que es posible seleccionar e integrar distintas herramientas según las necesidades particulares de cada paciente, a partir de combinar distintos recursos terapéuticos en función de las características y demandas de cada caso. Entre las estrategias más utilizadas se encuentran la psicoeducación, el registro de las crisis y diversas técnicas destinadas a prevenir o interrumpir los episodios. La psicoeducación suele implementarse desde las primeras etapas del tratamiento e incluye información sobre la naturaleza de las CFD, los factores asociados a su aparición y mantenimiento, y los fundamentos del plan terapéutico. Este proceso contribuye a que el paciente comprenda mejor lo que le ocurre y favorece su participación activa en el tratamiento. Por otra parte, el registro de las crisis permite identificar posibles desencadenantes, patrones recurrentes y factores que contribuyen a su persistencia, información que resulta de utilidad para orientar las intervenciones. También suelen emplearse estrategias dirigidas a modificar el foco atencional, como las técnicas de grounding o distracción, que ayudan a algunas personas a reducir la intensidad de los síntomas o a interrumpir las crisis en sus fases iniciales. Finalmente, según las necesidades de cada caso, pueden incorporarse otras herramientas terapéuticas orientadas al manejo del estrés, la regulación emocional, el trabajo sobre pensamientos disfuncionales, la exposición a situaciones evitadas, la práctica de mindfulness o el fortalecimiento de habilidades interpersonales.

A modo de cierre

Resulta sorprendente que, a pesar de lo frecuentes que son y del impacto que generan en la vida de quienes las padecen, en la actualidad los TNF en general y las CFD en particular se encuentren subrepresentadas en los planes de estudios y sean todavía poco conocidos por parte de profesionales y población general.

Volvamos entonces a la pregunta del título: sabemos qué son, pero ¿por qué deberían interesarnos? Las CFD son una condición real, con un elevado retraso diagnóstico, en ocasiones incapacitante y, lamentablemente, estigmatizadas. Son muchos los pacientes, y a lo largo de todo el mundo, que refieren descreimiento y discriminación por parte de profesionales, familiares o de la sociedad en general (Karakis et al., 2020; Kirby et al., 2026; Wolfzun et al., 2024). De esta forma, es imprescindible que la comunidad psi conozca de su existencia, de sus consecuencias, y sobre todo de su tratamiento. Esto implicará reconocer el sufrimiento de quienes las padecen y contribuir a reducir las barreras que aún enfrentan para recibir atención adecuada.

 

Referencias

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