Ética y ciencia: Concepciones sobre la verdad y la neutralidad en la filosofía de Nietzsche y el psicoanálisis de S. Freud

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Este trabajo tiene como propósito realizar una indagación, como camino de lectura, a través de dos grandes pensadores que realizaron crítica profundas a las pretensiones de verdad, objetividad y neutralidad del pensamiento científico. Esos dos autores son F Nietzsche y S. Freud.

En efecto, mientras que el filósofo alemán denuncia a la ciencia por su falsa racionalidad, por el abuso de su poder explicativo que sólo sirve para instalar al hombre en un mundo cómodo, previsible y sobre todo, falso.
El fundador del psicoanálisis, señala el carácter engañoso de la ciencia como verdad y transparencia.
De este modo, ambos pensadores logran revolucionar y mostrar el revés de la trama del conocimiento moderno y las bases sobre la que se sostienen.

Introducción:

El plan de trabajo es el siguiente: una primera parte se analizará la noción de ciencia que F. Nietzsche realiza en “Sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral” (1873). En la segunda parte, se examinará los aportes de Freud sobre el mismo tema. Y en la terecera, para finalizar, se arribará a las Conclusiones a modo de cierre.

1. La noción de Ciencia en F. Nietzsche en “Sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral”.

El texto comienza con una crítica a la idea de conocimiento. Nietzsche señala lo engañoso y fútil que es el conocer humano dentro de la inconmensurabilidad del universo Aquí el intelecto como herramienta de la supervivencia de la debilidad humana, se utiliza para la simulación. Es por ello que el hombre engaña, adula, oculta; al punto tal de enceguecerse a sí mismo. Sólo unos pocos hombres son capaces, mediante la voluntad, de vencer el sueño que lo adormece mediante la fábula del conocer. La pregunta que arroja es de dónde surge esa fuerza, impulso por la verdad. Si el intelecto era presentado como útil para la simulación, la vida en comunidad; el siguiente paso es preguntar por el estatuto de la verdad.
La verdad junto con la mentira emergen del lenguaje. Mientras el mentiroso manipula el lenguaje para hacer pasar lo irreal por real y debido a ello, es rechazado por los perjuicios que conlleva; la verdad parece ser buscada en la medida que traiga efectos agradables y vitales. En este sentido, toda verdad que pueda resultar dañina destructiva es tratada como si fuera un enemigo.
La pregunta también recae si en las convenciones del lenguaje puede expresarse la verdad y todas las realidades Así avanza sobre el tema de verdad y su relación con el lenguaje y la palabra; cuya realización proviene de una excitación nerviosa.
El interrogante es cómo semejante proceso (sensación-excitació nerviosa-palabra-lenguaje) puede constituirse como verdadero. Justamente es la falta de memoria la que hace olvidar y transformar la verdad en una tautología. Mediante el lenguaje el hombre antropomorfiza el mundo y lo que lo rodea, como por ejemplo, asignándole géneros a las cosas según los sexos. Por el contrario, el lenguaje logra reflejar la “cosa en sí”; si no que el lenguaje es creación.
La condición creativa del lenguaje es la que asigna relaciones entre las cosas y los hombres mediante las metáforas (trasladar una excitación a una imagen, transformar la imagen en sonido). De esta manera el lenguaje no opera de modo lógico y racional, esto es un engaño. El concepto como abstracción de la palabra, también es engañoso en la medida que intenta universalizar lo diferente, es decir, buscar lo común en lo disímil.
La naturaleza no tiene ni fórmulas, ni conceptos, la posibilidad de abstracción es un hecho de lo humano que intenta captar antropomórficamente al mundo. Así la verdad es un “ejército de metáforas” que establece causas y relaciones.
El problema es que el hombre olvida, miente de manera inconsciente, el carácter metafórico del concepto y como consecuencia indeseable cree que ella es la expresión de la verdad. Lo que distingue al hombre del animal, es la capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas y transformarlas en conceptos, esquemas, leyes. Esta construcción se opone al mundo intuitivo de las primeras impresiones. Mientras el mundo racional y lógico olvida mediante la abstracción sus primeras impresiones y homogeiniza el lenguaje. El mundo de las metáforas intuitivas, se mantiene primera, impar e individual. Así “verdad” en el universo racional se estanca mediante clasificaciones, sin cuestionar nunca el orden ni la jerarquía. En este universo, cada pueblo constituye su propio esquema conceptual en el cual se encierra, en la pretensión de encerrarse en la razón como búsqueda de la verdad; sin que alcance de manera alguna “lo verdadero en sí” ya que ese afán de racionalidad y abstracción, no es otra cosa que la metamorfosis del mundo realizada por el hombre, tomándose como medida de todas las cosas, y olvidando las metáforas intuitivitas originales y las confunde como las cosas mismas. Es mediante el olvido, que el hombre ignora la condición de sujeto y creador artístico, y se refugia en la autoconciencia. Así desconoce la absurda contradicción de la correcta percepción (la adecuación entre sujeto y objeto) propia del conocimiento científico que busca causalidad y exactitud. Como señala Esther Díaz: “la modernidad imaginó el conocimiento científico como un espejo que refleja la naturaleza. No tuvo en cuenta que la imagen reflejada en el espejo es efímera, virtual, titilante (…) éste es el destino precario de los reflejos de la verdad y la puesta en escena de alguna de sus facetas” (Díaz, E. 2007:17). Por el contrario, es el comportamiento estético, mediante el uso del poetizar, el inventar y la interpretación como el modo intermedio en que se tiene contacto con las cosas, ya que tampoco es verdad que la esencia de las cosas aparece en el mundo empírico. Es por ello que no existe la legalidad en la naturaleza, sino que es una obra subjetivamente humana; a través de la cual se establecen relaciones, tiempo, espacio, números. Es el hombre que ubica estas formas suyas en las cosas. Es lo que Nietzsche llamará ciencia.
La ciencia será la contrapartida de las metáforas intuitivas primeras; mediante falsas regulaciones y certezas que brindan una engañosa seguridad. Por el contrario es el arte, el mito es que rompe con la trampa de la “verdad” científica y lo lleva al mundo de los sueños donde las cosas recuperan su irregularidad a través de nuevas metáforas y metonimias.
Así se establecen dos tipos de hombres: los que se esconden buscando una falsa verdad en la razón y los que se mantienen libres en la inseguridad de la intuición. Ambas son dos formas de vida, la primera pretende alcanzar la verdad y con ella la tranquilidad, la certeza y la fallida búsqueda de la felicidad tras la ciencia, rodeado de bienes culturales de los cuales necesita, pero no deja de ser una falsedad y un engaño.
El segundo, aunque sufre y siente más intensamente que el primero, aunque no logre aprender de la experiencia, se libera mediante la imposición del arte sobre la vida con el esplendor de las intuiciones metafóricas primeras.
El primero se cree fuerte, aunque no es más que un simulador; el segundo, se sabe débil, indigente, pero es sereno y libre, más allá de toda consideración moral. Esto se debe a que el arte como manifestación de las metáforas intuitivas, le permite romper, quebrar, transformar y jugar; ridiculizando el andamiaje hermético de la razón científica. Se trata, entonces, de acceder a lo que yace oculto detrás de las prácticas sociales, de denunciar lo falaz de la categorías absolutas y cuestionar la pretensión de verdad que se le otorga al discurso científico, mostrando los juegos de fuerza que habita en ellas (Díaz, E. 2010:140)
De esta forma, se pueden establecer dos partes del texto. La primera parte es la que plantea la situación y va preparando el terreno para las explicaciones y las justificaciones de la crítica que se verá en la segunda parte.
En esta primera parte, se habla del hombre como un ser ofuscado, débil y desorientado en la naturaleza. La naturaleza es cambiante e irregular, y en cambio, el hombre desea verlo todo estructurad para su propia salud mental. Ante esta ofuscación, utiliza el intelec to, que según Nietzsche éste no es más que el arte del hombre de fingir. El hombre es un ser empujado a vivir en sociedad por interés, por necesidad.
Este vivir en sociedad le obliga a crear un tratado de paz entre todos los hombres para evitar conflictos entre ellos. Este tratado de paz no es más que inventar una designación válida y obligatoria de la cosas para constatar que algo es verdad entre todos los hombres En este momento es cuando nacen las palabras verdad y mentira Cuando el hombre ha creado arbitrariamente lo que es verdad, automáticamente rechaza del nido de su sociedad a aquellos indivi duos que utilicen estas designaciones acordadas como verdadera para hacer parecer lo irreal como real.
De esta manera, la sociedad ya no confiará más en él. Sin embargo el hombre desea la verdad y la naturaleza, en cierto modo, se le oculta, debido a la distancia entre los conceptos y lo real. Ese impulso de conocer la verdad viene por las consecuencias agradables de la verdad y, por tanto, el rechazo al embuste viene por las mala consecuencias de éste.
Esto nos demuestra que al hombre no le importa lo más mínimo la verdad, le es indiferente. En la segunda parte del texto, Nietzsche ataca al cientificismo afirmando que la ciencia pretende hacer regular el mundo para dar seguridad al hombre, creando más conceptos. Como lo establece E. Díaz, éste saber científico es decadente porque “priva de sentido a quien no se rige por los estrictos parámetros lógico-racionales exigidos por la tradición ilustrada (Díaz, E. 2007:25).
De esta forma, Nietzsche habla de dos tipos de hombres. El hombre racional y el hombre intuitivo. Ambos quieren dominar la vida pero el primero lo quiere hacer mediante la previsión, prudencia, regularidad y el segundo sólo toma como real la vida disfrazada de belleza, es decir, que toma como verdad aquello que le interesa porque eso le hace feliz.
Para Nietzsche, el primer hombre es el representante de esta actitud cientificista que cree que todo es regular y previsible. De esta manera, este hombre sólo conjura desgracias, puesto que la vida es un continuo golpe tras otro y de esa forma este hombre nunca alcanzará la felicidad.
El segundo hombre, es más irracional, tanto en el sufrimiento como en la felicidad. Teniendo en cuenta que sólo por el hecho de ser hombres, usarán el intelecto, ese gran arte de fingir, porque el hombre es un ser que busca lo regular en lo irregular, el segundo sale mejor parado que el primero, porque este tiene momentos felices mientras que el otro se pasa su vida intentando prever lo que pasará. Esto no puede ser, puesto que el universo no es previsible, no es regular, ahí está la crítica al cientificismo.
En palabra de E. Díaz: “Nietzsche tuvo una intuición que le permitió captar la ciencia como un acontecimiento surgido desde la relaciones de poder y relacionado con la ética y la estética. Consideró además que las fronteras del arte están establecidas por la racionalidad, la formalización y la lógica. Esas fronteras circunvalan el deseo, la materialidad y el azar” (Díaz, E. 2007: 26).
Por todo ello, si el hombre no puede alcanzar la verdad porque su humanidad hace que posea intelecto y que, con él, cree esos arbitrarios conceptos que denomina verdad, lo más importante será ser feliz, puesto que no puede librarse de esos conceptos y, por tanto, el cientificismo sólo empeora las cosas al hacer creer al hombre que pueden alcanzar la verdad.

2. Ciencia en el psicoanálisis de S. Freud.

Freud y Nietzsche comparten una misma manera de abordar el discurso científico. La ciencia no es vista como un sistema de proposiciones válidas, sino desde el punto de vista de su producción. De lo que se trata es de determinar el significado que tiene la ciencia para la vida humana. Freud se vale del término sublimación para describir el proceso por el cual las pulsiones encuentran nuevas vías de realización. El proceso de la sublimación radica en una desexualización de las pulsiones eróticas.
Para profundizar este punto se tomará como eje de la comparación el Yo y el Ello (1923) La razón de esta elección es doble. En primer lugar, el Yo y el Ello representa un giro fundamental en el desarrollo de los conceptos psicoanalíticos. La focalización del texto permite, en segundo lugar, una comprensión en profundidad. Ciertamente que la obra de Freud es muy vasta y los conceptos están en permanente tensión y desarrollo, pero para lograr una perspectiva estereoscópica de todo el corpus freudiano se selecciona sólo un texto representativo a fin de construir un modelo reducido de hipótesis. Para Freud lo originario es también la vida humana, pero concebida dinámicamente como la mezcla y desmezcla (Freud, 1992: 42) de la pulsión erótica y tanática. La teoría de las pulsiones lleva consigo una concepción de la vida como el compromiso entre el eros (continuidad de la vida) y la muerte: “La génesis de la vida sería, entonces, la causa de que esta última continúe y simultáneamente, también de su pugna hacia la muerte; y la vida misma sería un compromiso entre estas dos aspiraciones. Se diría, pues, que la pregunta por el origen de la vida sigue siendo cosmológica, en tanto que la pregunta por su fin y propósito recibiría una respuesta dualista” (Freud, 1992: 41-42). El concepto de origen en uno y otro caso remite a la instancia de la enunciación, es decir, a un sistema de coordenadas desde donde se organiza una deixis específica que da sentido al análisis. La orientación del sentido sigue varios ejes. Uno de ellos es el de corte espacial y se articula de acuerdo a la categoría “superficie vs. profundidad”.
En el caso de Freud resulta evidente en el esquema que organiza la segunda tópica. La validez del mismo se mantiene en un notable plano de ambigüedad. Por un lado, presenta al dibujo como una mera disposición gráfico-espacial que no reclama interpretación alguna, sino que tiene sólo un valor didáctico, por decirlo así. Pero, por otro lado, a la hora de localizar alguna de las instancias se vale de analogías anatómicas. Es esta misma ambigüedad la que nos habilita para realizar una lectura enunciativa. En el plano de la superficie se encuentra el Yo, al que Freud denomina “el sistema superficie de la percepción consciente” (Freud, 1992: 25) o mejor “el Yo es la parte del Ello alterada por la influencia directa del mundo exterior, con mediación de Percepción-Conciencia: por así decir, en una continuación de la diferenciación de superficies” (Freud, 1992
27). El Ello, por su parte, es el contenido inconsciente que, sobre la base de su empuje, determina al Yo. Este remite a las profundidades del ello y se modifica cuando entra en contacto con el mundo exterior. De la confrontación entre la realidad y el ello surgen la representaciones conscientes del mundo exterior.
En lo que respecta a la instancia del Superyó Freud no la ubica en ningún lugar del esquema. No obstante, su sentido pude se interpretado de acuerdo a la categoría “superficie vs. profundidad” Esto se ve claramente cuando ilustra las relaciones entre el Ello, el Superyó mediante el cuadro de Kaulbach La batalla de los hunos (Freud, 1992: 42): lo más profundo de la vida psíquica deviene lo más elevado (moral, religión y sentir social).
Así entonces, las representaciones que operan en el plano de la superficie deben remitirse, para adquirir significación analítica subjetiva, a las profundidades pulsionales del Ello. Esta indicación de la representación al origen se establece en la sesión analítica donde el relato del individuo revela una serie de incoherencias que son interpretadas como índices de su origen inconsciente.
Que la instancia del sujeto de la enunciación está en juego en esta concepción de la vida psíquica, resulta evidente cuando Freud describe la finalidad del análisis como la tarea que pone al paciente ante su propia libertad. Así lo dice explícitamente: “ [el análisis no está destinado a imposibilitar las reacciones patológicas, sino procurar al Yo del enfermo la libertad de decidir en un sentido o en otro” (Freud, 1992: nota 2, 51). Y más adelante agrega: “El psicoanálisis es un instrumento destinado a posibilitar al Yo la conquista progresiva del Ello” (Freud, 1992: 56).
La enunciación es un fenómeno muchísimo más amplio que la secuencias discursivas de superficie. Los síntomas, actos fallidos y sueños, por el lado de Freud, y los conceptos y enunciados filo sóficos, por el lado de Nietzsche, remiten a un abismo de dond procede el origen. El discurso científico es una formación de superficie, por decirlo así. La ciencia es un modo de ser del hombre que revela un aspecto de la verdad del sujeto (Foucault, 2002: 33) Desde esta perspectiva la tarea de la fenomenología hermenéutica y del psicoanálisis es la misma. Se trata de explicar la génesis y la significación subjetiva de la ciencia. La sublimación freudiana y la noción de origen en Nietzsche son los dos conceptos que pretenden describir la genealogía de la ciencia y el lugar que ocupa en el contexto de la identidad humana. La sublimación es uno de lo destinos de la pulsión. Freud la describe como una génesis negativa o privación. La sublimación tiene el sentido de la desexualización Es una desviación de la meta sexual hacia un objeto no-erótic (Freud, 1992: 32).
Ahora bien, Freud no se limita simplemente a describir el mecanismo sublimatorio, sino que determina el rol que cumple dentro de la constitución de la identidad humana. En efecto, por medio de la sublimación el Yo puede constituirse como objeto para la pulsión. Se produce una transposición cuyo sentido es el siguiente: el yo adopta algunos rasgos del objeto para paliar de alguna manera la renuncia del objeto cuya carga erótica está reprimida. De este modo el Yo se presenta ante el Ello con los rasgos del objeto resignado a fin de que el Ello se invista en él, es decir, el Ello carga afectivamente (libidiniza) al yo y, como consecuencia, el Ello queda satisfecho. Esta sustitución o, en cierto modo, engaño del Yo, tiene como meta por un lado, darle consistencia al Yo y, por otro, apaciguar al ello. Es en este momento de la argumentación donde Freud vincula las nociones de “narcisismo”, “desexualización” y “sublimación”. El narcisismo constitutivo expresa que la estructura de esta sustitución consiste en que el Yo se toma a sí mismo como objeto.
La desexualización radica en una renuncia de las metas sexuales por otras que carecen de toda connotación sexual. La sublimación, por su parte, es una consecuencia de la desexualización. (Freud, 1992: 32). La ciencia, la moral, la religión, el arte y, en general, toda producción social tiene su explicación genética como un proceso sublimatorio. Queremos destacar que la noción de sublimación tiene un sentido eminentemente positivo. Si bien el camino que recorre la pulsión y el cambio de objeto inherente al proceso sublimatorio implican una renuncia a la satisfacción directa, se produce, por decirlo así, una pérdida, un resto que se resiste a la sublimación, no obstante, el mecanismo de resignación de la meta sexual tiene una connotación positiva: la energía pulsional se transforma en obras de un contenido legitimado socialmente.

3. Conclusiones

P. Ricoeur considera a Nietzsche como Freud y junto a K. Marx, como “los tres maestros de la sospecha”. Aunque desde diferentes presupuestos, consideraron que la conciencia en su conjunto es una conciencia falsa. Mientras que Nietzsche pretende la restauración de la fuerza del hombre por la superación del resentimiento y de la compasión; Freud busca una curación por la conciencia y la aceptación del principio de realidad. Ambos tienen en común la denuncia de las ilusiones y de la falsa percepción de la realidad. La ciencia, para ambos autores, no es otra cosa que una máscara que oculta y separa al hombre de sus condiciones originarias más auténticas. Estos autores comparten una actitud crítica hacia la sociedad que conocen. Centran su mirada en una forma de entender el mundo que llega hasta nuestros días, y, por ello, sus visiones son aún vigentes.

BIBLIOGRAFÍA
Díaz, E. (2010) Las grietas del control: vida, vigilancia y caos, Buenos Aires, Biblos
Díaz, E. (2007) Entre la tecnociencia y el deseo: la construcción de un epistemología ampliada. Buenos Aires, Biblos
Foucault, M. (2002) La hermenéutica del sujeto, Buenos Aires, FCE.
Freud, A. (1992) El Yo y el Ello en Obras Completas Vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu.
Nietzsche, F.(1990) “Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral" Madrid, Tecnos
Ricoeur, P. (1965) Freud, una interpretación de la cultura. Buenos Aires, Siglo XXI Ediciones

Julieta Bareiro. Dra. en Psicología (UBA), Magistra en Psicoanálisis (UBA), Prof. y Licenciada en Psicología (UBA), Doctoranda en Filosofía (UNLa), Investigadora CONICET 2015 (alta en trámite). Prof. Adjunta de Psicología, Ética y DDHH. Cat. II, Directora del Proyecto UBACyT “Consecuencias de la noción de transicionalidad en el psicoanálisis de D. W. Winnicott: reformulaciones metapsicológicas, clínicas y éticas” . Autora del libro: Clínica del objeto de uso: la posición del analista en la obra de D. W. Winnicott y de numerosos artículos en revistas especializadas a nivel nacional e internacional

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